Cursaba el tercer o cuarto año de universidad en el Instituto Superior de Arte, y aquel examen, más que a comprobación de conocimientos olía a zancadilla ideológica. Más extraño aún parecía que la respuesta correcta no fuera una vez más rezar el credo repetido desde la escuela primaria, sino contrariamente suscribir una apología al artista contestatario amordazado y maniatado por la censura oficial. Mi planteamiento no fue entonces asumir una postura en relación a ese caso, sino revindicar otro que me parecía aún más lamentable: el creador cuya sensibilidad se conecta con el fin del proyecto social en curso, pero aún así no deja de ser ante todo vocero de sus propias ideas. Si bien el disidente, por vapuleado que sea, siempre va a encontrar abrigo en la oposición, el entusiasta, cuyos principios no le dejarán mentir un eventual desacuerdo con la oficialidad, corre el riesgo de ser incomprendido y acabar condenado al ostracismo por tirios y troyanos. Recuerdo haber nombrado a Mayakovski. Mi calificación fue de 3 puntos.

Yo soy un moro judío que vive con los cristianos, canta Jorge Drexler, y para quien lleve apuro es la síntesis de las presentes líneas. Soy nieto del general intransigente y no reniego de ello; pero tampoco olvido que mi otro abuelo fue agredido en 1980 por cubanos enardecidos que se reencontraron más tarde en Miami, mientras Alla  jamás abandonó la isla. Soy el hippie de la escuela militar y el soldadito de plomo de la academia de arte. Soy el “Tríptico” de Silvio y el “Oxígeno” de Willy Chirino. Soy Nuevo Vedado y el Cerro, y Guanabo, y Kohly. …y Boyeros, Cárdenas, Güines, El Vedado, Buenavista… Mi pasión por viajar unida a más de una década como profesional de la imagen me han permitido recorrer mi isla y conversar con toda gente. En lugar de exacerbar un desencanto, mis viajes me han enseñado a amar más a mi país y creer en su luz, aún a sabiendas de sus sombras. No puedo evitar entonces sentir que en mí confluyen muchas Cubas hechas de vidas que no han experimentado de igual forma las mismas circunstancias. Movido por la vocación de buscar la virtud en el balance, dondequiera que me toca pernoctar intento comprender las cosas en su complejidad antes de juzgarlas con criterios reduccionistas. En términos generales sostengo que uno debe someter las ideologías al tamiz de la experiencia evitando reducir la realidad a fórmulas preconcebidas.

Alérgico por igual (mucho) al autoritarismo, al oportunismo y al sofisma; y de acuerdo con que exista el desacuerdo –aunque no lo comparta-, respeto el criterio de cada quien, siempre que traiga voluntad de diálogo, argumentos sólidos, discurso coherente y más hormigón que dinamita. No somos siempre nosotros el bueno, no tienen los otros la culpa de todo dice Joaquín Sabina, y esa búsqueda de la claridad me ha llevado lo mismo a confrontar durante días con un liberal de mente abierta, como a estallar en minutos frente a un presunto cofrade con vocación de guardián de la fe. Tiempo ha pasado desde reemplacé en mi vocabulario la palabra “verdad” por “objetividad”, pues creerse dueño de la verdad absoluta es el primer argumento con que justifica sus acciones el fanático que hoy censura, mañana convoca a la violencia y la semana entrante se siente con el derecho de apagar una vida cuando su verdad ya no sea tan convincente ni las palabras le alcancen para hacer prevalecer su razón.

En mi caso, en lugar de ponerles flores y velas, bajé del altar los mandamientos que me inculcaron desde niño para lanzarlos al viento –no siempre a favor- del devenir. Durante años los he obligado a padecer hambre, sed y privado de lujos a conciencia; les he servido alimentos fermentados, comida chatarra y platos pasados de condimento; embriagado con refinados añejos y aguardientes baratos; abandonado en la noche a la intemperie; congelado y calentado luego al rojo vivo. Conmigo van los que me permanecen hechos ya convicciones, deformes como para encajar en ningún molde, pero duros y pulidos como piedras de río. Son pocos, pero son, y de ellos estoy hecho. No tengo nada más mío.

Me sobrevive el nacionalismo progresista heredado de mi padre -más a través de actos que de sermones-, recibidos como recibe hijo del empresario las leyes del mercado o el retoño del devoto los fundamentos de su fe. Pero no por bien aprendidos menos cuestionados, para adecuarlos a una manera propia de comprender mi tiempo. Con una vida armada por piezas tan diversas, no desestime ninguna quien pretenda juzgar mi ausencia al “mitin de repudio”: mi alma es de mi propiedad privada, mi manera de pensar es independiente, mi forma de actuar siempre ha sido alternativa.

Aún siendo así, si bien no comulgo con el discurso oficialista, tampoco los objetivos del proyecto social me son del todo ajenos. Coincido a veces, otras discrepo; acierto y me equivoco, soy Yo. Me pronuncio desde mis entrañas intentando mantenerme a tono con el compa Carlos Fonseca Amador cuando sostenía que los amigos verdaderos critican de frente y elogian por la espalda. Para quien dice lo que cree y cree en lo que dice, plegarse ante cualquier autoritarismo conlleva angustia y pesadilla. No hay comunión más importante que la de un hombre consigo. No hay tribunal más severo que el de la propia conciencia. No hay lealtad más sagrada que la lealtad a uno mismo.

(Tomado del blog de Carlos Ernesto Escalona)

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