SANCTI SPÍRITUS. La ciudadanía cubana, preocupada por los precios en el agro y las incertidumbres del transporte, no sabe aquilatar bien la cifra cuando se la dicen así, en medio de un reporte de televisión: Cuba necesita captar al menos 2.500 millones de dólares anuales de inversión extranjera si es que pretende conseguir un crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto.

Como si el concepto de PIB no fuera ya lo suficientemente abstracto, le sueltan a boquejarro un número que, desasido de todo referente, parece decirle que el país no está en condiciones de rechazar ningún capital foráneo, venga de donde venga.

Por eso después —pongamos, un machetero de Camagüey o un profesor de Educación Física de Sancti Spíritus— no entiende que, con semejante urgencia, la Isla se haga de rogar frente a determinadas negociaciones o alargue como un chicle el otorgamiento de permisos o, en principio, haya concebido para ello un procedimiento tan enrevesado.

Se trata de poner todo en contexto, de explicar los entresijos de la Ley de Inversión Extranjera con la misma frecuencia con que se lleva a un grupo de periodistas a una visita “de pastoreo” a la Zona Especial de Desarrollo Mariel, ese polígono de experimentación al oeste de la capital que es, en efecto, una puerta al desarrollo de Cuba, pero no la única.

Sucede que los expertos, habituados a una jerga donde conviven con naturalidad términos como asociación económica internacional, factibilidad o superávit, dan por sentado que la gente en su casa comprende la complejidad del escenario y, sobre todo, confía ciegamente en las decisiones que otros toman. Pero la gente —alguien debería avisarle a los expertos— necesita saber más.

Saber, por ejemplo, si siguen siendo nueve los proyectos autorizados en el Mariel desde que en enero pasado autoridades del Ministerio de Comercio Exterior confirmaron la cifra; qué entidades han sido rechazadas, si las hubiere, y con qué argumento; o por qué están varadas unas 400 empresas a las que, según reportes de la prensa nacional, no se les ha dicho ni que sí, ni que no.

Quizás haya que esperar a la próxima Feria Internacional de La Habana, la número 34, para que Rodrigo Malmierca, ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, lance oficialmente la Cartera de Oportunidades 2016-2017 que actualizará las propuestas del país, una especie de catálogo donde los interesados potenciales podrán coger señas de lo que quiere La Habana.

Áreas como la agricultura, la industria, la biotecnología y el turismo están claras; sin embargo, ¿qué sucede si un empresario extranjero intenta abrirse camino en otros ámbitos? Aun cuando el algoritmo a seguir consta en el profuso marco legal aprobado, ¿constituye en la práctica un trayecto confiable? ¿La recomendación es ir con la propuesta a otra parte?

Así pudiera parecer a simple vista, cuando se analizan ejemplos como el de cierto empresario español que no soportó el andamiaje burocrático para invertir en un taller espirituano de fuegos artificiales; un negocio pequeño, es cierto, pero que pudiera haber beneficiado a una población del interior del país y, sobre todo, al colorido de las parrandas y fiestas tradicionales. No todas las empresas son Richmeat, Profood Service, BDC-Log o BDC-Tec, esos consorcios ya establecidos como Dios manda.

Muy a pesar de semejante carrera con obstáculos, los vientos soplan a favor de la inversión extranjera en Cuba, no porque lo explique la Cartera de Oportunidades en todo un capítulo persuasivo, ni porque se diga tácitamente en la Guía del Inversionista; sino porque lo reconocen los propios empresarios que vienen por oleadas.

Unos se cuelan en los nichos declarados como prioridad por el Estado cubano, otros tantean en esferas hasta ahora poco exploradas como el marketing, desarrollo de software, diseño gráfico y la gestión del conocimiento. Tal es el caso de Gerbet, empresa mexicana liderada por Gerardo León de la Vega Lagos, quien se describe a sí mismo como “ingeniero electrónico por academia, físico por hobbie, amante de la vida y de lo bien que la viven los cubanos”.

“Cuba tiene una población altamente educada, con un producto interno bruto per cápita superior al de República Dominicana, Guatemala y otros países latinos, a pesar de ser una nación bloqueada —sostiene León de la Vega—; en lo personal me impresiona que una Isla tan pequeña cuente con un promedio mayor de médicos y camas de hospital que los Estados Unidos. También cuenta el hecho de que tiene campos de inversión totalmente vírgenes”.

gerbet-en-facebook¿De qué manera sus propuestas contribuirían al desarrollo en Cuba?

“En Gerbet nos dedicamos a detectar talento científico, artístico, económico, de marketing, de programación de software, lingüístico, de arquitectura y de cualquier otra índole, para exportar muchos de estos servicios al mundo, aprovechando que esta nueva generación de emprendedores cubanos trabajan por cuenta propia bajo el amparo de la ley.

“Por otra parte, Gerbet tiene identificados más de 30 proyectos posibles entre México y Cuba que están incluidos en la Cartera de Oportunidades. Pudiéramos estar hablando de inversión en el orden de los 3 000 millones de dólares provenientes de entidades como Boutique Studio, ADO, Flexi, Vitro, Mabe, Addipsa, Rovi, Leon de la Vega y Juana Iguana”.

No obstante, el empresario mexicano reconoce su dosis de cautela, comprensible en estos casos: “No se puede improvisar ni hacer movimientos a palos de ciego. El conocimiento y contacto de inteligencia humana es clave. Para ello, Gerbet tiene personal estudiando todo el entorno cubano y los trámites a seguir. De hecho, el otro cofundador de la empresa, Gerardo Rodríguez, es cubano”.

¿Qué opina de los mecanismos establecidos por la isla para los inversionistas extranjeros?

“Interesantes pero, francamente, lentos y burocráticos —confiesa León de la Vega—. Todavía no incorporamos Gerbet y otras empresas en Cuba porque tenemos nuestras reservas sobre el proceso. Varios de los correos electrónicos de contactos que aparecen en la Cartera de Oportunidades no dan respuesta a los interesados.

“La Cartera de Oportunidades es una excelente herramienta, pero no es suficiente. El gobierno cubano necesita mecanismos de incentivo a la mediana y pequeña empresa. En todas las economías avanzadas, el gobierno incentiva la pequeña y mediana empresa, ya que son al menos el 70 por ciento de PIB. A este respecto, Cuba no tiene una política ni proyectos concretos. Por lo general, la actividad de impulso a la pequeña y mediana empresa viene del mismo sector privado: amigos y familiares”.

Un sector —el privado— que, teóricamente, está en igualdad de condiciones para acceder al financiamiento exterior; pero que, en la práctica, se sigue mirando con suspicacia.

Más allá de las talanqueras evidentes y de las dudas razonables, en lo que sí parece haber consenso es en las particularidades que han signado el proceso de apertura al mundo de la economía insular.

José Luis Rodríguez, asesor del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial, resumió el fenómeno con la precisión que era de esperarse en un exministro de Economía: “La inversión extranjera en Cuba no transcurre como parte de un proceso de privatización de la propiedad estatal, ni de apertura incondicional a las leyes del mercado capitalista. Se trata de un proyecto dirigido a crear mejores condiciones para el desarrollo de una economía socialista (…). Desde luego, un proceso de esa naturaleza transcurrirá necesariamente en medio de inevitables contradicciones y deberá enfrentar importantes obstáculos para cumplir sus objetivos”.

Con él estarán de acuerdo, a no dudarlo, empresarios extranjeros, funcionarios y economistas cubanos y hasta la ciudadanía, esa que reclama como gato bocarriba mejoras en el bolsillo familiar, pero para ello no está dispuesta a hipotecar ni un solo milímetro de Patria.

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