Creía yo que sería cuestión de coser y cantar esto de alimentar un blog una vez por semana. Creía yo que tendría siempre sobre qué escribir —controversial y desconcertante como es la realidad cubana— y, sobre todo, tiempo y ganas para hacerlo. En cinco años, no obstante, me han sobrado oportunidades para poner los pies sobre la tierra.

Sigo creyendo, eso sí, lo que publiqué a modo de editorial en aquel septiembre de 2011: “Hay demasiada hojarasca, demasiada información insulsa en Internet, al punto de exacerbar mi ya de por sí exacerbado escepticismo. Sin embargo, me confieso en deuda con la red de redes precisamente por haber despabilado en mí esa capacidad de dudar, de poner en tela de juicio todo, o casi todo, que no es lo mismo, como se sabe, pero es igual.

“Así que de pronto me encuentro tirando esta botella al mar de los gigabytes, intentando mantener a flote un blog similar a otros miles que se erigen en esa suerte de trinchera para la libertad de expresión.

“Ni siquiera sabría explicar exactamente de qué vamos, tampoco lo creo necesario: hay misterios indefinibles, como las metáforas o la poesía. Tal vez de eso es que vamos, en busca del misterio”.

Aquella especie de búsqueda experimental que comenzó siendo eminentemente catártica, fue transfigurándose cuando percibí la dosis de responsabilidad que había contraído por mi libre y espontánea voluntad para con lectores que, en su mayoría, ni siquiera conozco y que esperan algo más que un diálogo con mi ombligo. Para diálogos con el ombligo ya hay espacios de sobra, digitales y analógicos.

De manera que empecé a moderar las catarsis al punto de que, actualmente, mido con lienza los asuntos que llevo al blog, lo cual no quiere decir en modo alguno que no publique de vez en cuando materiales salidos al calor de un exabrupto, sin dejar sedimentar las emociones. De hecho, son esos, los viscerales, los textos que prefiero.

Tanto la selección del tema como el tono en que escribo para el blog obedecen a lógicas independientes de mi trabajo para Escambray. Intento, al menos, mantener esa independencia; la defiendo. Por tanto, la idea de “poder” publicar sobre determinados temas álgidos, algo tan debatido por la comunidad cubana de blogs, no me quita demasiado el sueño.

La prueba es que no pocos de los posts que subo a Cuba profunda terminan siendo reproducidos en las ediciones impresa y digital del medio, con lo cual pueden ser leídos por el espirituano de a pie, ese que no tiene ni idea de la pluralidad de enfoques y criterios que aparecen hoy en las plataformas virtuales; o que la tiene, pero solo vagamente, porque los 50 pesos que cuesta la hora de conexión a Internet los dedica a las salvadoras videollamadas.

Mis amigos lo saben: asumo el blog con una devoción casi sacerdotal, pero lo disfruto en la misma medida. El ejercicio diario de abrir el panel de administración, ver las barras de visitas creciendo y los comentarios de los lectores, que multiplican exponencialmente las lecturas del post; esa sensación de autonomía, de estar construyendo mi propia política editorial es, sin dudas, lo que más le agradezco a estas arenas movedizas —y al parecer cada día más escasas— de la blogosfera.

(Tomado de su blog Cuba profunda)

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