El vendedor debió compadecerse cuando me vio allí, parada frente a la tarima con cara de perro triste, justo la cara que se te pone cuando buscas desesperadamente con qué hacer una sopa y apenas distingues boniato, ají cachucha y plátano burro sobre el mostrador. Eso sí, boniato, ají cachucha y plátano burro con sus precios visibles en la tablilla y en total correspondencia con las cotas fijadas para su comercialización.

Pero con boniato, ají cachucha y plátano burro no se hace una sopa para paliar la ingesta —lo que mi abuela llamaba un empacho—, sino con malanga, esa vianda que, no sé en el resto de Cuba, pero en Sancti Spíritus pareciera estar en peligro de extinción. Tú preguntas en los Mercados Agropecuarios Estatales y los dependientes te miran como si anduvieras buscando la pieza de un trasbordador espacial.

Este vendedor, sin embargo, debió percibir que mi malestar generalizado y mi insistencia con la malanga no eran un ardid de inspectora encubierta, sino una mala digestión como Dios manda, porque me miró de arriba abajo, se aseguró de que no hubiese nadie más en varios metros a la redonda y me asestó un “espérate, mima” mientras desaparecía bajo el mostrador con una jaba de nylon.

“Ahí llevas 3 libras de malanga —me alargó el paquete—, eso te da para una sopa y hasta para un puré. Pero como no me la trae Acopio, es a 6 pesos la libra. Imagínate, yo no puedo perder”.

Sinceramente, se lo agradecí. Con el estómago malo no puede una ponerse a pensar en que si las placitas están desabastecidas, que si el guajiro le negó la malanga a Acopio pero se la dio al intermediario, que si el jugo de frutas en la shopping rinde menos de un vaso y me cuesta casi un día de trabajo…

Todo eso lo analicé después, cuando los malestares físicos amainaron, la incomodidad de consumidora estafada arreció y yo terminé por convencerme de que no es con decretos firmados a kilómetros del surco, ni con cruzadas mediáticas de ocasión como va a resolverse en Cuba el nudo gordiano de la comida.

(Tomado de su blog Cuba Profunda)

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