Justamente cuando pensaba que Donald Trump no podría decir algo que me hiciera estallar, vino a Miami y lo hizo.

Hay algo que puede decirse de Donald Trump. No ha recorrido el mismo camino que cualquier otro candidato republicano.  No ha tratado de enmascarar el núcleo esencialmente blanco, nacionalista y xenofóbico utilizando lenguaje y símbolos en clave. En su lugar, ha construido su campaña sobre la base de una abierta apelación a los resentimientos de ese mismo núcleo. Es cierto que, con anterioridad, los republicanos han arrollado a las minorías muchas veces. Pero generalmente lo hicieron con suelas de goma. Trump usa zapatos para jugar golf.

Trump ha andado por el camino menos utilizado. Excepto en Miami. En su breve visita aquí, sacó del baúl de los trucos republicanos, hechos a la medida para Miami, el menos gastado. El truco de Cuba.

En un insólito momento de veracidad, dijo que todos los cambios a la política estadounidense hacia Cuba han sido realizados por medio del poder ejecutivo del presidente Obama. Un  presidente Trump podría dar marcha atrás a esos cambios, y Trump dijo que lo haría, a no ser que Cuba cumpliera ciertas condiciones que hasta él sabe que Cuba nunca hará. Fin del deshielo. De regreso a la Guerra Fría.

Trump vino a Miami y prometió llevarnos de regreso a la era de George W. Bush.

Es evidente que Trump solo está halagando a los cubanoamericanos de extrema derecha. Lo que dijo ahora aquí se contradice totalmente con lo que dijo hace unos pocos meses. Entonces comentó que estaba de acuerdo con la nueva política de Obama. Cambios en latitud, cambios en perogrulladas, además de que Trump sigue siendo Trump, contradiciéndose de manera desvergonzada a cada paso, sin siquiera pestañear.

No esperen que Trump repita en otro lado lo que dijo en Miami. Eso no es popular a nivel nacional y lo hizo estrictamente para consumo local. Dudo que tome medidas consecuentes con sus palabras, incluso si gana las elecciones. Sin embargo, hasta cuando lo dice Trump, una amenaza sigue siendo una amenaza. Una amenaza tal es otra razón más para que los progresistas en general y los progresistas cubanoamericanos en particular trabajen duramente para garantizar que Trump no tenga la posibilidad de cumplir con su amenaza.

Trump sabe que necesita cada voto que pueda conseguir en la Florida. Así que hacerle la corte a un electorado en decadencia tiene cierto sentido político. Por otra parte, puede que Trump esté apelando a la única minoría cuyos votos podría obtener. Porque, cuando se trata de los afroestadounidenses y los latinos (los cubanoamericanos son solo una mínima porción del pastel), sus perspectivas no son halagüeñas, hasta para las normas republicanas.

Una columna de opinión por Emma Roller en The New York Times del 13 de septiembre analiza la razón principal por la que a Trump, entre los electores negros y latinos, le irá significativamente peor en comparación con hasta el lamentable resultado de Mitt Romney. Trump ha logrado provocar la ira de los republicanos negros y latinos.

“Muchos estrategas, donantes y otros miembros republicanos del establishment partidario –en especial los hombres y mujeres de minorías– han dado a conocer su disgusto acerca del nominado. La candidatura del señor Trump ha sido particularmente frustrante para las personas que han trabajado para superar el lamentable alcance del partido en años recientes entre los electores negros e hispanos”.

Esa frustración es tan grande que a veces deja sin palabras a la “gente que ha trabajado para aumentar el lamentable alcance del partido entre los electores negros e hispanos”. Charles Badger, quien dirigió la campaña de Jeb Bush al sector de electores negros, dijo al Times que Trump ha hecho “retroceder (al partido), que sé yo, a la Edad de Piedra –es tan terrible como eso”.

El sentimiento también está muy presente entre los republicanos latinos. Carlos Gutiérrez, exsecretario de Comercio en la administración George W. Bush y republicano cubanoamericano, dijo a la Radio Nacional Pública que no votaría por Trump porque “no podría mirarme al espejo”.

Lionel Sosa, quien por décadas ha trabajado para lograr que los hispanos voten por el Partido Republicano, tampoco votará por Trump. Él le dijo a Roller que “cuando él dice ‘Hacer grande de nuevo a Estados Unidos’, para mí quiere decir ‘Hacer blanco de nuevo a Estados Unidos’, hacerlo de la manera que era cuando solo había gente como ‘nosotros’ en este país”.

Las encuestas son consistentes con el tenor de estos comentarios. Roller reporta que las encuestas muestran que el apoyo negro a Trump está en un risible 1 por ciento. Entre los latinos, las cifras aumentan hasta 19 por ciento. Pero eso no es impresionante, si se considera que es menos de la mitad del 40 por ciento que George W. Bush recibió en su oportunidad.

El precio que la candidatura de Trump ha pagado se muestra hasta en el Comité Nacional Republicano. Ha provocado varias renuncias entre el personal de minorías, incluyendo la de Raúl Guerra, quien dirigía el trabajo con los medios hispanos.

No hay problema. Traigamos a nuestra propia Helen Aguirre, cuya familia ha dirigido durante décadas el principal periódico en español en Miami. Alguna gente no tiene vergüenza, y no estoy hablando solo de Donald Trump.

Denunciar a los desvergonzados entre nosotros puede que sea solo una de las ventajas visibles detrás de la oscura campaña de Donald Trump. Puede que su campaña sea hasta lo mejor que puede haber sucedido a la nación en esta coyuntura de la historia. ¿Por qué? Porque puede ser que marque el inicio del fin del Partido Republicano como institución política nacional.

Durante décadas ha ido teniendo lugar la contracción del Partido Republicano hasta convertirse en un electorado demográficamente en decadencia. El voto negro desapareció en la década de 1960. Más tarde la brecha generacional. Más recientemente, la decadencia del apoyo latino. Luego la brecha de juventud, y en las próximas elecciones, probablemente haya también una brecha educacional.

Sin embargo, el ascenso de Trump ha acelerado el proceso. Entre otras cosas, puede que suministre la chispa que finalmente empuje a los latinos hacia las urnas electorales.

De manera más amplia Charles Badger, el activista republicano que piensa que Trump está llevando al partido hasta la Edad de Piedra, dio en el clavo cuando dijo a The New York Times:

“Nos estamos hundiendo más y más hasta convertirnos en un partido blanco sureño que solo es realmente viable en los estados de las Grandes Llanuras del Oeste y el Sur Profundo. Por definición, eso le impide ser un partido nacional”.

Foto de portada: Trump durante una visita de campaña a Doral el año pasado.

Traducción de Germán Piniella.

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