Los anuncios en la Asamblea Nacional de julio de este año sorprendieron a muchos y preocuparon a la mayoría. Sin embargo, este panorama no es más que otro episodio de un problema más profundo, ya crónico en la trayectoria económica del país: la incapacidad de generar las divisas suficientes para atender los requerimientos del desarrollo económico y social de la nación. Si bien es un fenómeno difícilmente exclusivo de Cuba, aquí concurren factores específicos que determinan su recurrencia, alcance y posibles respuestas.

Episodios semejantes se vivieron a principios de los noventa debido a razones harto conocidas; a comienzos de los 2000, como resultado del ataque a las Torres Gemelas y el consiguiente impacto en el turismo; a finales de esa misma década (2009-2010), ya bajo el gobierno de Raúl Castro.

Casi siempre hay un detonador externo que desencadena la crisis, pero que termina enmascarando su carácter estructural. La respuesta, que suele ser un apretón del cinturón (inversiones, importaciones), para restaurar equilibrio a corto plazo con menor crecimiento, opera de forma similar, sin cambios de fondo que prevengan situaciones parecidas en el futuro. Para estar claros, el ajuste siempre es un componente del cóctel, la diferencia radica en conformarse con eso, o aprovechar la oportunidad para desplegar cambios de mayor calado.

La crisis actual se precipitó a partir de una combinación de aspectos internos y externos, siendo estos últimos los que han recibido la mayor atención. Entre ellas se pueden contar el deterioro de la economía venezolana, que probablemente constituye el factor de mayor ponderación. La reducción de los envíos de combustible y las dificultades para compensar los servicios que Cuba presta en esa nación, son canales de trasmisión evidentes.

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Refinería de Cienfuegos.

El colapso de los precios del petróleo supone que las ventas de refinos también han sufrido. Recientemente se anunció que la refinería de Cienfuegos (un emprendimiento conjunto entre CUPET y PDVSA) cerrará por labores de mantenimiento por al menos 120 días. Por si fuera poco Brasil, el segundo mercado en importancia para los servicios de salud, vive su propia crisis. El PIB ha caído por dos años consecutivos y la crisis política ha terminado sacando del poder al Partido de los Trabajadores, un artífice del ascenso del gigante sudamericano en el ranking de los socios económicos de Cuba durante la última década y media. Además, ambos países también constituyen mercados notables para los envíos de la industria biofarmacéutica cubana, que se había convertido en el tercer rubro dentro de las exportaciones de bienes.

Otros vientos en los mercados internacionales también soplan en dirección contraria. Las cotizaciones del azúcar y el níquel se ubican en valores bastante bajos, este último está marcando mínimos de 18 años.

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Pero también concurren aspectos de carácter doméstico que no se pueden desconocer. Las exportaciones han crecido muy lentamente en la última década, particularmente las ventas de bienes. Una parte sustancial de las mismas se ejecuta sobre la base de convenios gubernamentales en condiciones preferenciales, lo que las hace vulnerables a la coyuntura política de los gobiernos participantes. Esto incluye a la mayor parte de los servicios profesionales (sobre todo médicos), los derivados de petróleo, y una parte de los medicamentos y otros productos de esa industria. En conjunto, esto representaría más del 60% de las exportaciones totales.

También ha habido problemas en la producción. La zafra de 2016 arrojó un volumen 20% menor que la del período anterior. La producción de níquel ha decaído a partir del cierre de una planta y una reparación capital en marcha en otra. Aunque es esperable que las remesas hayan crecido notablemente en los últimos años, los montos no podrían sustituir completamente a otras fuentes.

Adicionalmente, el panorama monetario y cambiario actual ha condicionado un repunte de la dolarización, con el previsible impacto de ampliar flujos de dólares a través de circuitos informales, que no tienen una incidencia directa sobre la Balanza de Pagos.

El lanzamiento de la iniciativa de la zona de desarrollo en el Mariel (fines de 2013) y la aprobación de una nueva Ley de Inversión Extranjera (marzo de 2014) crearon unas expectativas dentro y fuera de Cuba que no han sido satisfechas en la práctica. Han pasado más de dos años desde su adopción, marcados por un ritmo de aprobación de nuevas iniciativas que, argumentos aparte, no avanza al compás que necesita el país.

En las sesiones de la Asamblea Nacional donde se aprobó la nueva ley se anunciaba que Cuba buscaría atraer un mínimo de 2000 millones de dólares anuales en flujos de este tipo. Luce como una meta distante. Resulta oportuno insistir en que es improbable atender adecuadamente las necesidades del desarrollo económico y social de la Isla en las actuales condiciones si no tiene lugar un giro radical en el relacionamiento con el capital foráneo. Y esa urgencia no se reducirá con los años, sino todo lo contrario.

Si bien la restructuración exitosa de una buena parte de la deuda soberana constituye un hecho muy positivo, queda por hacer en este sentido. El regreso de los impagos anunciado recientemente refuerza la idea de que deben concretarse pasos adicionales. Este proceso mejora la capacidad del país para financiarse en los mercados internacionales, pero genera una presión adicional a corto plazo, dado que previo a los acuerdos, no se efectuaban pagos vinculados a estos adeudos. El efecto es particularmente notable en tiempos de estrechez.

Los efectos inmediatos son variados. La tensión financiera actual va a afectar a dos de los ingredientes claves para el crecimiento económico. De un lado, se proyecta que las inversiones se contraerán este año. Más allá del efecto directo en el PIB corriente, lo peor es que se dejará de ampliar capacidades productivas e infraestructura que apoyaría la expansión futura y la creación de empleos. De otro lado están las importaciones, claves para completar los procesos productivos en una economía abierta. Si la economía ya se expandía lentamente, la disminución de las compras externas acentuará esta trayectoria, tal y como lo hará la menor disponibilidad de energía. Lamentablemente, este escenario también ensombrece las perspectivas de avanzar resueltamente en la unificación monetaria y cambiaria, al menos a corto plazo. En todo caso, sería más difícil y arriesgado ahora, aunque más imperioso.

Las percepciones que se desatan en el imaginario popular se asientan sobre un conjunto de condiciones estructurales que marcan la realidad socioeconómica actual. El colchón intangible que tenía la sociedad cubana a inicios de los noventa ya no es el mismo. Una serie de razones como la lejanía en el tiempo o la diferente composición de la población están detrás de ello.

Asimismo, la calidad de los servicios públicos se ha resentido y esferas como la vivienda muestran pocos signos de recuperación. Contradictoriamente, el tamaño de la economía informal y los múltiples vínculos con la economía internacional pueden contribuir a brindar otras opciones a la familia cubana, o una parte de ellas, para amortiguar las dificultades.

Lo cierto es que estos inconvenientes llegan en un momento de especial importancia. Transcurren paralelamente a la discusión de los nuevos documentos programáticos anunciados en el último congreso del Partido Comunista.

No obstante, existen alternativas para lidiar con estos desafíos. Este sería un momento político inmejorable para adelantar nuevas transformaciones que se han retrasado innecesariamente. Algunas de ellas, como el tratamiento de la inversión extranjera no requiere discusiones extensas, puesto que han sido incorporadas ya en los documentos fundamentales. Se trata de poner en práctica, con indicaciones claras, lo que se acordado. También se podría empezar a discutir cómo continuar mejorando el clima para los negocios en el país. La atracción mundial hacia Cuba no puede sostenerse permanentemente en la mística que rodea a la Perla del Caribe.

En el plano interno, ante la falta de condiciones para una reforma monetaria completa y definitiva, se podría instrumentar un esquema cambiario paralelo, basado en tasas de mercado, que utilizarían todas las empresas (de cualquier tipo y tamaño) que necesitaran ejecutar operaciones de comercio exterior, sin estar sujetas a la restricción de divisas que incide sobre el sector planificado de la economía. No es la mejor solución a largo plazo, pero puede ayudar transitoriamente. Diseñar y ejecutar una política realista y coherente de apoyo al desarrollo exportador es un asunto impostergable, que incluye elementos del arreglo macroeconómico y el sistema empresarial cubano.

Otros asuntos en una agenda de mediano plazo, serían la incorporación de Cuba a instituciones financieras internacionales, para garantizar el financiamiento concesional y compensatorio indispensable para saltar a una trayectoria más sostenible. Esto vendría a dar el puntillazo a la reducción estructural y sostenible de los costos del financiamiento externo, con beneficios a largo plazo difíciles de ignorar.

Actuar resueltamente es todavía más esencial ahora. Existe un ambicioso plan de desarrollo hacia 2030, que requiere más y mejor, no menos.

Foto de portada: Gerry Pacher.

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