SANTIAGO DE CUBA. Desde que comenzó a “crowfundiar” Camila Carballo no se va a dormir sin saber qué contenido agitará al día siguiente en las redes. Una foto vieja o nueva. Un amigo que encuentra en la calle. Una reflexión sobre caer y levantarse. Algo que lee de pasada en un libro o periódico que un fulano sostiene abierto bajo el sol en el camino de su apartamento semiderruido en el Vedado hasta la zona Wi-fi de 23 y L. Cualquier detalle ingenioso o sentimental puede abrirle paso hasta otro mecenas. Y otro mecenas. Y otro.

De los cuarenta días que dispuso Camila para acumular los 2500 euros que fijó en Verkami, solo le quedan unas horas. Los gastos de su séptimo cortometraje “Lobos” deben cubrir una inversión fuerte en dirección de arte. Si no lo logra, la plataforma Verkami devolverá todo el dinero a los mecenas. Si lo logra no sólo podrá hacer su séptimo cortometraje, sino en su fuero asegurarse de que es capaz de emprender proyectos tan alucinantes, desde Cuba, como un crowdfunding en Verkami.

Su lanzamiento ha coincidido con las lluvias recientes, y las lluvias con la disposición de zonas Wi-fi  en espacios peatonales sin cubiertas ni otra habilitación. Bajo el techo del Polinesio y los pasillos del Habana Libre. Bajo un árbol. Bajo un paraguas lastimero y desarticulado que alguien ha dejado botado. Bajo ella misma. Camila ha sembrado su semilla con varias fuerzas en contra. Ni siquiera tiene todo el acceso a una de las prestaciones más importantes de esa plataforma: el blog.

“Ni desde el servidor de la AHS ni desde el Nauta puedo entrar al blog. Para subir una información le pido de favor a alguien de fuera que me coloque el contenido, y del mismo modo tampoco me puedo comunicar directamente con mis mecenas”. Dos de sus benefactores se llaman Denise y Estefanía, pero así, sin apellidos “¿cuántas denises y estefanías no habrá en Facebook, o Twitter?”.

El uso de Verkami en Cuba y no otra plataforma, expresa otra de esas paradojas guerrafriístas que ponen en jaque al país. Existen páginas norteamericanas donde el usuario se lleva a casa lo que logró acumular aun sin llegar a la cifra fijada, pero los cubanos no pueden acceder a transferencias financieras directas desde Estados Unidos. Camila conoce de algunos colegas que han hecho exitosos crowdfundings en sitios norteamericanos, pero han perdido el dinero en algún punto del proceso. Ella podría disponer de algún familiar o amigo de confianza que le sirviera de depositario, y luego probar una alternativa de envío como Western Union, pero no posee tal ficha.

Así que siendo una emprendedora desde la punta del pie hasta el último pelo del cabello no le queda otra que dar un oblicuo brinco de agradecimiento por Verkami, una plataforma que exige un intenso espacio de conectividad en un país con una infraestructura limitante como son las dirigidas zonas Wi-fi en áreas peatonales y el precio imposible de 2 CUC la hora (5 horas al mes equivaldrían al salario medio mensual de un cubano).

Su decisión por Verkami, además, es un reflejo condicionado ante la habitual atmósfera de incertidumbre que padece cualquier proyecto de emprendimiento personal en la Isla. La hace confiable el relativo criterio de que otros tres proyectos de colegas realizadores lo consiguieran por esa vía.

El micro mecenazgo no es una manera más de hacer realidad proyectos que no tendrían salida —por falta real de financiamiento, por prejuicios o errores ideológicos humanos— a través de las instituciones designadas por el Estado, también es una forma de participación social.

Es cierto que a través del micro mecenazgo se podría entrar a Cuba dinero para ser utilizado con fines subversivos, contra el gobierno. El gobierno, por su parte, tiene la prerrogativa de protegerse, por lo tanto es lógico que se inserten controles respecto a estas vías de financiamiento. Pero también es cierto que de estas vías dependen muchos buenos proyectos en el país, y cuando, en su gesto de protegerse, el proyecto de democracia socialista jala de forma masiva la cadena miles de proyectos de desarrollo pueden verse vetados.

¿De qué forma el país podría ganar cierto modelo de prosperidad y actualización si se bloquean estos brotes de creatividad? Con tales vetos, dicho concepto de prosperidad y sostenibilidad abarcaría solo la necesidad de vestir, alimentarse, tener vivienda, atención médica, practicar deportes y estudiar, sin asumir las consecuencias que acarrea la preparación profesional de un individuo.

¿Tendría éxito una alternativa de micro mecenazgo en Cuba? Es muy probable. Solo por Facebook este periodista ha participado en dos. De manera informal, un amigo quiso arreglar su cuarto en peligro de derrumbe, otro pagar la impresión de una exposición fotográfica para la pasada Bienal de la Habana. Y ambos lo lograron. El cubano medio, en definitiva, viste, calza, consume, e incluso refuerza su medicación y alimentación, gracias a pequeñas micro ayudas tanto internas como externas.

La necesidad del mecenazgo es pasiva y activa, florece en la aridez. Un conocido que frecuenta el área con laptop y multiplicador le concede a Camila conexión gratis durante dos horas diarias a través del softwear Conectify. “Dos horas diarias durante cuarenta días equivalen a 160 CUC de donación” calcula ella. Aun cuando los administradores de Verkami le recomendaron gestionar directamente, “el boca a boca” entre familiares y amigos, Camila subraya que la mayoría de las donaciones han llegado de personas a las que no conoce.

-¿Por qué crees que la gente te ayuda, Camila?

-Porque existe una especie de Energía —explica—. Mira, quizá yo te hago un favor, y tú no me lo regresas, pero viene alguien detrás y te lo hace el doble. Es una cadena.

-¿Y no crees que la gente te ayuda porque tu fuerza les da fuerzas?

-Puede ser, pero ante todo es porque existe eso de que uno debe hacer el bien sin pedir nada a cambio.

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