LAS TUNAS. “¿Las empresas apadrinando peloteros? Ah, pero si eso es más viejoooo…” Eso, probablemente, le habría respondido a Aurelio Pedroso algún aficionado, cuando este le advirtiera sobre el asunto que recién afloró en los medios de comunicación a través de un comentario, casi una nota al pie, durante una de las transmisiones de la Serie Nacional.

Desde los expertos hasta los principiantes coinciden en que el deporte nacional cubano atraviesa por uno de sus peores momentos, pero ¡esperen!, ese no es el punto. A inicios de 2014 el Consejo de Ministros aprobó una política de remuneración para atletas, entrenadores y especialistas del deporte, que ciertamente incrementó los ingresos, particularmente de los “peloteros” que toman parte en certámenes de más alto nivel, quienes como mínimo comenzaron a ganar unos mil pesos (moneda nacional) mensuales.

Ya lo dijo Aurelio, es que “la pelota”, como aquí llamamos al béisbol, es cosa seria, y más todavía hacia el interior del país, donde el nivel de vida y las oportunidades son comparativamente menores que en La Habana. Por eso ha sido una práctica recurrente que el bienestar de los jugadores de béisbol de la primera categoría cubana dependa de cuánto se ocupen de ellos seguidamente, no digamos las autoridades políticas y de gobierno de cada uno de los territorios, sino incluso el propio público, que hace lo que puede para que sus ídolos entren al terreno con la cabeza fresca.

Mucho antes de la nueva política salarial para los deportistas en algunas provincias se vieron diversos tipos de “apadrinamientos”. En 2002 Holguín ganó por primera vez (y única) el título nacional en el béisbol. Según contó luego el comentarista Diego Méndez, las peñas deportivas (grupo de aficionados organizados para apoyar a los equipos) ayudaron muchísimo en ese empeño. “Se enteraban de que a un pelotero se le rompía el refrigerador y buscaban un mecánico, se lo llevaban a la casa para que no estuviera preocupado. Sin duda alguna, esto contribuyó a que obtuvieran la victoria”, dijo. Sin duda gesto encomiable de aficionados y muestra de solidaridad humana, pero no de política pública que encare el reto de mantener adecuadamente la serie nacional, los equipos, estadios y útiles en general.

Hoy el apadrinamiento tiene varias expresiones, aunque todas asociadas a una especie de tarea política que cumplen los involucrados. El director de una exitosa empresa agrícola avileña lo explicó así: cada pelotero es directamente atendido por una entidad de su territorio. Si es una pequeña cooperativa aporta, digamos, un animal vivo que es entregado como obsequio; tratándose de quienes tienen la capacidad económica suficiente para afrontar cometidos mayores, la ayuda puede ser mejorar hasta donde les sea lícito hacerlo, las condiciones de vida del jugador. “Al mío, contaba el empresario, le arreglamos la casa”.

La susodicha fórmula al parecer dio resultado, porque en esa temporada el equipo beneficiado llegó a discutir el título y en la siguiente se impuso en el torneo.

Sería demasiado simplista pensar que únicamente ese tipo de iniciativas han sido la clave del éxito, pues no es una regla obligatoria para todo el país, aunque no es menos cierto que pensando en que el refrigerador de su casa está roto o que el inmueble mismo está en malas condiciones, el esfuerzo del atleta será mayor para lograr la concentración antes de cruzar algunas de las dos líneas de cal.

Hay quien dice que cuando una novena se impone en la Serie Nacional la productividad de esa provincia se eleva. Cierto o no, sí es palpable que la gente sale a la calle con un ánimo más positivo o simplemente con mejor rostro al día siguiente del jolgorio por la victoria. De eso obviamente han tomado nota aficionados, empresarios y políticos, también en Cuba.

Salvo algún que otro comentario, de esos que lleva el aire en los programas televisivos especializados en béisbol, parece poco probable que las autoridades del deporte estén dispuestas a aceptar un eventual patrocinio, no digamos extranjero, ni siquiera nacional para los equipos completos o los beisbolistas del patio. No obstante, queda sobre el tintero la interrogante de hasta dónde las empresas domésticas podrían vulnerar sus planes, gastos e inversiones para satisfacer las necesidades de los beisbolistas, recordando que, al menos por el momento, apadrinar peloteros no figura en el objeto social de nadie.

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