LA HABANA. Mi primo Germán acostumbra a decir que “la burocracia es infinita en sus ardides”. Ha logrado acuñar la frase pero jamás imaginé que la resurrección estuviese en el arsenal de sortilegios y malabares de la burocracia. Pero sí, creen en otra vida después de la muerte. Les cuento.

Hace unos cuantos años un buen amigo sufrió la pérdida de su padre, un hombre ya anciano. Persona previsora había hecho testamento notarial repartiendo entre sus hijos los bienes que poseía: casa, algún dinero en el banco y un auto marca Lada. Este último correspondió a mi amigo.

El beneficiado no hizo los trámites con rapidez, dejando el traspaso de la propiedad del auto para mañana y después para más luego. Nada poco común ante la fobia que tenemos los cubanos a entrar en los largos y dilatados vericuetos que el mundo de la burocracia encierra. Si sumamos horas y días invertidos en colas para solicitar, recibir como respuesta que falta un detalle o algún sello, más hacerse el Job paciente cuando te indican que vuelvas dentro de…, podemos explicarnos el rechazo pues además no es raro que cuando retornas en la fecha indicada puedes recibir como respuesta “Aún no está listo, regrese la semana que viene”. No menciono que el tiempo puede reducirse de acuerdo a la generosidad que demuestres de alguna manera. En buen cubano: por debajo de la mesa.

Cuando mi amigo fue a tramitar llevaba consigo el certificado de defunción perfectamente hecho, legalizado en el momento de la defunción. Hizo su cola. Le llegó el turno y presentó el documento. La empleada lo leyó saltando del texto al rostro de él (mi amigo, no del muerto). Releyó nuevamente el documento y le soltó como un disparo a boca de jarro y sin silenciador en la voz: “Esto no sirve, no es válido”.

“Cómo es posible”, exclamó el interesado, “no le falta ni una coma ni un dato”, agregó.

“El asunto es que tiene fecha de vencimiento”, respondió la empleada mientras solicitaba a una compañera que “ya que vas salir tráeme algo de comer porque estoy partía”.

La vida tiene fecha de vencimiento como si fuese un producto cualquiera, con la diferencia de que la desconocemos, pero curioso que la muerte sí, meditaba mientras escuchaba a mi amigo. Pensé, además, que Jesús y su promesa de la sobrevida caminaban por los infinitos pasillos de las oficinas públicas. ¿Será el hijo de Dios el gran burócrata que dispone de la capacidad de a la hora de implementar las políticas trazadas las tuerce y desvía en función de intereses de los burócratas?

Volvamos a la historia.

El reclamante solicitó la presencia del director, que por suerte estaba en su oficina y no en reuniones en el municipio, salidas que suelen ocurrir.

Vino el director para ratificarle que no era válido porque esos documentos “caducan a los 6 meses y el suyo fue expedido hace más de un año”.

“Entonces mi padre no está muerto, dígame dónde está porque, coño, quiero darle un abrazo y avisar al resto de la familia”, respondió.

Según el director el padre sí estaba muerto, pero… le soltó una letanía de porqués y por cuantos.

“Entonces ustedes son religiosos, creen en la resurrección”, le ripostó mi amigo.

Así que el hijo del padre que estaba muerto, pero no del todo, al menos legalmente, tuvo que volver a empezar todos los trámites.

En verdad que la resurrección está en la burocracia y los burócratas: surgen, desparecen, flotan, los cambian o promueven, saliendo de las cenizas y no tienen fecha de vencimiento. Inventaron la eternidad. Si lo dudan vean nuevamente La muerte de un burócrata.

Foto de portada: Fotograma de La muerte de un burócrata, película cubana del director Tomás Gutiérrez Alea, Titón.

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