LA HABANA. Tiene el amigo sincero un plato en mi mesa, agua caliente en la ducha, y un sofá cama por si la tormenta, la charla o los tragos no amainan hasta entrada la madrugada.

Siempre se le prepara al invitado la mejor cena posible, aunque no sea por mucho, la cena cotidiana. Pero anda la sutileza trastocándonos por estos días lo servicial con lo servil. El helicóptero de filmación de Fast & Furious sobrevuela La Habana a su antojo mientras las autoridades “pertinentes” obstaculizan una producción nacional que pretende documentar desde el aire los impactos de la sequía en Cuba. El ICAIC mismo sorprende viabilizando una producción extranjera de la manera que no lo ha hecho para sus realizadores nacionales. Pone a punto Chanel una pasarela en Prado, donde lucirá joyas y vestidos cuyo precio tal vez sea similar al de un piso con “barbacoa” de alguno de los edificios que le servirán de fondo.

La condición insular, que trasciende desde lo geográfico hasta un estado de ser, suele provocar desaciertos al valorar lo nuestro, en tanto el balance entre lo autóctono y lo foráneo está filtrado en buena medida por la subjetividad humana (el asombro del viajero que regresa, el deslumbramiento ante el visitante, la tentativa de poner a prueba la fórmula que funcionó en otro acontecer…). En la vorágine de una realidad hasta hoy desaprendida, no faltará quien -tentado a ocupar rápidamente un sitio dentro de un nuevo sistema de relaciones- se coloque a sí mismo al final de la cadena alimenticia sin cuestionar apenas el axioma de “quien paga manda”. Si Aquel que “vende” no reflexiona, norma y regula bajo un criterio propio, no acaba siendo un proveedor apenas, sino el esclavo de un modelo que nada hará por sacarlo de su estatus de fitoplancton.

Tampoco se trata (atención) de atrincherarse frente al inversionista extranjero ni de recelar del visitante que merece el mismo respeto que el nativo. Si bien presumimos de amabilidad, hospitalidad y respeto, tampoco hemos de acabar como siervos con tal de acentuar cuanto de buenos anfitriones por naturaleza nos nace. No deben la novedad y el entusiasmo opacar cuanto nos ha costado alcanzar nuestra soberanía, porque el castigo de quienes deciden ignorar la historia es correr el riesgo de repetirla.

Más allá de esos equívocos, es un hecho que el terreno, el bate y la pelota, mal que bien son nuestros. Pero tal vez ya va siendo hora de sentarnos a repasar, para este nuevo escenario, cuales son las reglas de la casa.

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