Algunos logros y muchos desafíos

LA HABANA. La administración de Raúl Castro se ha enfrentado a una compleja situación macroeconómica prácticamente desde los mismos comienzos de su gestión. La economía enfrentó una crisis financiera entre 2009 y 2010, atravesó la peor recesión mundial en décadas, y más recientemente debe lidiar con los problemas de varios de sus socios comerciales (Venezuela, Rusia, Brasil). Al mismo tiempo, se requiere un mínimo de condiciones para la transformación gradual del modelo económico del país, una tarea de largo recorrido.

La crisis financiera 2009-2010 precipitó el inicio de un ajuste, varias veces postergado, de las finanzas externas. Este tuvo un reflejo inmediato en las importaciones, las cuales se redujeron en más de una tercera parte en 2009, y cuya trayectoria ha dependido desde entonces de la disponibilidad de financiamiento externo. El otro eje fue el control de las inversiones, lo que junto al discreto aumento de las exportaciones permitió generar los excedentes necesarios para restablecer el cumplimiento de los compromisos externos. Afortunadamente, hubo más.

Esta vez la restructuración se acompañó de un esfuerzo por buscar una solución definitiva a la deuda exterior y de paso mejorar la pésima reputación crediticia del país. En los últimos años se han logrado reducciones sustanciales del endeudamiento externo, a partir de la renegociación bilateral de la deuda de largo plazo con los acreedores fundamentales, tales como Japón, Rusia, México y China. En todos los casos, se ha obtenido una condonación de por lo menos el 70% de los adeudos y una reprogramación de los pagos en condiciones favorables. En diciembre de 2015, se alcanzó un acuerdo con el grupo ad hoc del Club de París (agrupa a acreedores oficiales) para la solución definitiva de la deuda cubana ascendente a 11.1 mil millones de dólares. De ese total se condonó el 76% y se ha establecido un cronograma de pagos por 18 años para el monto restante. Queda pendiente en este aspecto la deuda con el Club de Londres (agrupa a acreedores privados) que ha sido estimada en alrededor de 6480 millones de dólares. La combinación de estas medidas permite afirmar que la situación financiera externa es hoy más sostenible e incluso que este logro es el más trascendental de la gestión macroeconómica. Recuérdese que Cuba no es miembro de ningún organismo financiero internacional.

Además, se ha activado la llegada de capitales extranjeros con nueva legislación y una posición más flexible. Este paso se benefició de la propia mejoría de la posición financiera externa y más recientemente del acercamiento entre Estados Unidos y Cuba. Ambos factores contribuyen a reducir la percepción de riesgo asociado a hacer negocios en Cuba, lo que fue incorporado en la mejoría del pronóstico (de estable a positivo) anunciado por Moody’s, la única de las grandes evaluadoras que emite una calificación sobre la deuda soberana de Cuba. No obstante, la nota en sí misma (Caa2) es muy pobre (deuda basura). Sin embargo, la inversión extranjera es un éxito a medias. La extrema cautela del lado cubano y su desconocimiento de las reglas de juego de los mercados han determinado una contribución muy modesta de esta variable, lejos de las necesidades del país. Aun en la Zona del Mariel, que ofrece las condiciones más generosas, los contratos anunciados son bastante escasos.

Otras variables como el déficit fiscal y la inflación se han mantenido bajo control, aunque en mercados específicos, como en los alimentos, los precios han crecido apreciablemente, con un impacto desfavorable sobre todo en los segmentos de menores ingresos. Adicionalmente habría que considerar los precios en pesos convertibles (CUC), sobre los que no se recoge información. Por otro lado, la aparente calma macroeconómica actual es muy precaria. La unificación monetaria y cambiaria se percibe en el horizonte. Largamente postergada, es un paso imprescindible para un nuevo modelo económico, pero uno que traerá sus propios dolores de cabeza.

Analizado en su conjunto, el entorno macroeconómico se caracteriza por la estabilidad, pero a un costo elevado. Los instrumentos utilizados para mantenerla impactan negativamente el crecimiento: reducción de importaciones e inversiones, contracción del gasto fiscal, contención de los salarios públicos, entre otros. Por si esto fuera poco, se ha carecido de un empuje suficiente en la dirección de medidas de estímulo, que pudiesen aportar contrapeso. Piénsese en los vaivenes de las reformas en el modelo agrícola, los tropiezos en los cambios dentro de la empresa estatal, el lento avance de la nueva política crediticia, los obstáculos que atenazan al cuentapropismo y las cooperativas, entre otros. No se puede reducir permanentemente el gasto público, ni contraer indefinidamente las importaciones o las inversiones sin que esto involucre costos económicos y políticos inmanejables.

Sí se puede, en cambio, promover más acertada y resolutamente la inversión extranjera de calidad, y desatar los nudos que coartan el aumento de las exportaciones, fuente última para relajar la restricción externa, lo que tiene que ver con cambios profundos en las esferas mencionadas anteriormente.

La gradual eliminación de las sanciones de Estados Unidos es una muy buena noticia, pero hay mucho por hacer de este lado, sobre el que sí tenemos control. El aumento del número de visitantes en el primer año, ya ha puesto en tensión la infraestructura existente, y esto es solo el comienzo. Nuestro concierto económico padece de una secular incapacidad para crear suficientes empleos de calidad, ya sea porque los capitales extranjeros llegan en cantidades exiguas, ya sea porque los recursos domésticos son insuficientes, o porque el traje de la planificación central le queda muy estrecho a todo el mundo.

La escasez recurrente (control de importaciones) alimenta un mercado minorista paralelo que es ilegal, pero emplea a mucha gente que logra aprovisionar un país con equipaje personal. Sería mejor para la sociedad que hubiese empleos alternativos más atractivos que estos y que algunas empresas se ocupasen de esta tarea más eficientemente. El limbo jurídico y la asfixia regulatoria empuja a los cuentapropistas hacia la informalidad: empleos más precarios, menos impuestos para las arcas públicas, menos inversión a largo plazo. Dos caras de la misma moneda: rentismo. Es más fácil “exprimir” a los turistas que encontrar algo equivalente en otro sector. Un gran costo económico y un gran costo social.

Desafortunadamente, abundan los análisis lineales sobre las transformaciones, presentadas como sucesiones de cambios fuera de contexto. Los últimos cinco años no son iguales al lustro anterior. En esta etapa empezó a incorporarse al mercado laboral la generación que nació con el Período Especial, la cual no tiene referencias de un pasado ya distante. Sus decisiones están marcadas por las penurias económicas, la diferenciación social y la pérdida de calidad de los servicios públicos. Y su peso dentro de los trabajadores solo crecerá con el tiempo. Las decisiones de hoy condicionan desproporcionadamente su visión de un futuro en Cuba. El proceso que llevó a la adopción de los Lineamientos en 2011 dotó al gobierno cubano de un enorme capital político, que hubiera permitido saldar de mejor manera algunas de las carencias anteriores. Ahora ese mismo panorama es menos alentador.

El crecimiento promedio anual del PIB entre 2007 y 2014 se situó en el 3.2%, una cifra que es inferior a lo logrado en el lapso 1994-2014, y también se ubica por debajo de lo alcanzado entre 1994 y 2006. Y tengamos en cuenta que el pastel se reparte más desigualmente hoy. Para ponerlo en perspectiva, a este ritmo le tomaría a Cuba casi 19 años llegar al nivel de PIB per cápita que tenía Chile en 2014, y serían poco más de 47 años para llegar al nivel de Singapur ese mismo año.

O sea, juzgado frente a la necesidad de cerrar la brecha que la separa de otros estados incluso del mundo en desarrollo, queda mucho por hacer.

(*) El Doctor Ricardo Torres es economista del Centro de Estudios de la Economía Cubana.

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