MIAMI. Sobre la mesa registradora de una de las tiendas más populares de Miami, con grandes descuentos de Navidad, la joven coloca uno por uno las decenas de productos que acumula en su carrito. Ha gastado horas seleccionándolos, evaluando las relaciones entre precio y calidad, mientras tacha con un bolígrafo los nombres de una lista de papel que tiene en la mano.

Antes de decidirse a pagar, repasa cada pieza del grupo que incluye camisas, vestidos, pantalones, útiles del hogar, ropa interior, juguetes y, claro está, las infaltables bolsas brillantes para regalo y los rollos de papel para envolver. Aún luce insegura por la selección, rehace sus cuentas frente a una impaciente cajera que de reojo analiza la línea interminable de clientes esperando detrás. “Es que en dos días me voy para Cuba”, aclara la clienta, porque sabe que con esa frase resume para su interlocutora una historia común.

Finalmente, ha dejado en la tienda parte de lo que pensaba incluir en el equipaje. Se marcha un tanto insatisfecha, insegura y, mientras desliza la tarjeta por la maquinita que exige su firma, lanza un suspiro resignado y advierte en voz alta que en enero tomará horas extra para amortiguar los créditos desangrados por la Navidad. “Son muchos compromisos”, le dice a la cajera que la despide como si calzara un pie en esos mismos zapatos.

Parece cosa de fiebre. Antes del 24 de diciembre, las personas van como autómatas de una tienda a la otra. Al menos eso percibo en mi primera despedida de año en La Florida, donde además del sol rajante para un fin de año y los vacacionistas de todo el país rondando las playas, se desata una furia de compras que no por esperada deja de asombrar.

Como la protagonista de la anécdota, otros muchos suelen aprovechar los descuentos y horarios extendidos de las principales cadenas minoristas para comprarles regalos a sus allegados o compañeros de trabajo. Buena parte gasta incluso más de lo que puede, porque se trata de mostrar gratitud, aprecio. A la par, la compra es una marca de status, un indicio de poder que sigue la presión social de “quedar bien” con el obsequio, de la cual, difícilmente, alguien se escape.

Quienes viajan a Cuba a despedir con los suyos un año de esfuerzo quieren llegar con las maletas rebosantes. Bien lo valen las miradas alegres de las personas amadas. Complacerles requiere, para la mayoría, de un esfuerzo notable, porque vivir en la tierra norteña de la abundancia no implica directamente tener repletas las arcas. Entre tanto jolgorio festivo, ese tipo de detalles pasan muchas veces desapercibidos u ocultados casi con pudor, para no dar la nota discordante del fracaso.

Comprar es una avidez de la temporada navideña, la gente de clase media se apasiona por disfrutar cada descuento y deja para entonces las mayores adquisiciones tecnológicas, según me aseguran experimentados habitantes de la Ciudad del Sol.

Pero no es solo hábito de la variopinta Florida. Las ventas navideñas son tendencia también en el resto de Estados Unidos y, en general, en el mundo.

La Navidad ya no es solo un tiempo de vacaciones, reuniones familiares o de amigos, ambiente de fiesta, luces alegrando las fachadas de las casas, comida por doquier, decoraciones fluorescentes en bares y restaurantes, ridículos gorros de terciopelo rojo.

Tampoco es un patrimonio exclusivo de la comunidad cristiana que celebra el 24 de diciembre las vísperas del nacimiento de su Mesías religioso, porque junto a sus esplendores y escenas de regocijo, la llegada de diciembre desata cierta esquizofrenia de consumo, al punto de que muchos olviden por un instante el placer de compartir en familia debido a las tensiones por encontrar el regalo adecuado. Incluso, pudiera ser un hallazgo el tener un papel de envoltura en combinación exacta con las guirnaldas del árbol.

Las ventas navideñas representan para los comerciantes en Estados Unidos entre el 25 y el 40 por ciento de sus ingresos. Son también una importante fuente de empleo para aquellos que no están en la cúspide de la pirámide salarial y encuentran trabajos “seasonal” que agregan plata extra a sus bolsillos, aunque en la mayoría se traten de puestos con salario mínimo y horarios nocturnos, a los que van a parar muchos emigrantes latinos que emprenden una nueva vida en la ciudad.

En 2015 las ventas navideñas deben ser un tanto menores que el año anterior, con una aumento solo de 3,7 por ciento según la Federación Nacional de Minoristas (NFR por sus siglas en inglés). Los reportes aventuran razones de inseguridad económica y rumores de desaceleración en los ingresos que pueden desestimular a los consumidores estadounidenses. Así todo, se esperan más de 630 millones de dólares recaudados por esta causa antes de que termine el año.

De donde vengo, La Habana, la palabra Navidad era cosa de películas durante mi infancia. Si acaso se nombraba, debía ser muy bajito, como muestra de un pasado supuestamente trascendido por superficial. No se ponían árboles en las casas, ni mucho menos regalos. Comprar más de lo elemental era un sacrilegio para casi todos los bolsillos.

Con el tiempo y el avance de los noventa, las costumbres globales se fueron importando. Aparecieron los árboles, los gorros, los adornos navideños en las puertas, los carteles de felicitación en las tiendas con vitrinas semivacías. La Navidad se convirtió en día feriado con la llegada del Papa Juan Pablo II en el 98 y dejó de ser un sacrilegio festejar cada uno de sus ritos, incluye las cajas de juguetes en los bajos algodonados del árbol.

Sin dudas, donde quiera que se celebre, la fecha trae hermosas certidumbres, porque la gente se llama, se visita y se ocupa por agasajar generosamente al otro. En cada año dejamos tantas glorias y dolores, que el próximo merece toda esa buena energía común.

Por eso me resulta chocante circunscribir la Navidad a una vajilla perfecta, el obsequio caro, la decoración con colores específicos, la ropa de estreno. Sobre todo si tanto empeño lleva a algunos a aparentar lo que no tienen, y terminan angustiados por exponer al límite sus posibilidades económicas reales.

La perfección exterior, digo yo, no debería ganarle al contenido espiritual que ronda esta temporada de celebraciones. Cuando se tiene lejos lo que más se quiere, uno sabe ciertamente que nada supera un abrazo entre todos los regalos posibles.

Eso, ya sabe, no está en las rebajas porque nadie lo puede comprar.

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