Municipios en Cuba: ¿los hijos que nadie quiso?

CAMAGUEY. Los días de buen tiempo, casi cuando el sol alcanza su meridiano, en Sabanilla es posible ver las torres de los tres centrales azucareros que un día tuvo el municipio camagüeyano de Santa Cruz del Sur.

Hacia el sureste molía el “Haití”, en la misma latitud pero en sentido contrario lo hacía el “Cándido González” y casi en vertical rumbo al norte tenía sus lares el “Jesús Suárez Gayol”, el último construido luego de 1959 en la provincia y el país.

Eran tiempos dichosos, en los que el territorio podía enorgullecerse de contar con uno de los mayores combinados pesqueros de la Isla, grandes planes agrícolas y una pujante agroindustria azucarera, que lo posicionaba entre las potencias del dulce a nivel nacional.

Por entonces, los planes a futuro hablaban de un cuarto ingenio (el Batalla de La Sacra), levantado en la frontera con el vecino municipio de Najasa; la ampliación del combinado para el “cultivo” del camarón, cuyos estanques llegarían a ocupar una superficie mayor que la del poblado cabecera; y la extensión de los campos agrícolas, gracias a dos presas establecidas en el río Najasa, las cuales conjurarían los cíclicos períodos de sequía sufridos por la zona.

Así lo recuerda Alberto, un viejo nervudo y de tez curtida por los muchos años bajo el sol del campo, que hace seis décadas trocó sus natales montañas de Buey Arriba por las interminables llanuras de esta parte de Cuba.

“Yo le puedo contar la verdad sobre Santa Cruz del Sur”, dice mientras esperamos por algo –cualquier cosa– que nos lleve hasta la cabecera municipal. Lograrlo no resulta tan fácil como decirlo. Con el cierre de las industrias y el paulatino pero sostenido deterioro de los medios de transporte estatales, a los santacruceños solo les han quedado –prácticamente como única opción– los vehículos que regentan los porteadores privados.

El resultado no podía ser otro que la “explosión” de precios ocurrida durante los últimos tres años: el pasaje en un camión repleto de personas y sin muchas de las más elementales medidas de seguridad cuesta hoy veinte pesos, independientemente de si el viajero pretende trasladarse hasta un punto intermedio o cumplirá el recorrido completo. “Lo toman o lo dejan”, dicen sin mayores opciones los cobradores de esos equipos.

“Es lo de todos los días”, me cuenta Alberto. “Y la gente de Haití y Cándido está peor. Por suerte, Sabanilla queda en la carretera y a menos de veinte kilómetros de Santa Cruz, pero los que viven en los pueblos que están pa’ dentro se las ve muy duras pa’ salir y llegar al municipio, o a Camagüey”.

El transporte es solo uno de los muchos problemas que lastran la vida cotidiana de este territorio ubicado en el extremo sur de la provincia.

Y es que si el desplome de la industria azucarera fue duro, tanto o más lo ha sido la involución del sector pesquero, que hoy no pasa de ser un pálido remedo de lo que un día fue.

Así lo reconoce el propio Ministerio de la Industria Alimentaria, que asumió la actividad hace casi una década. Pero mucho más los lugareños, que cuentan los años por las pérdidas de las enviadas (las embarcaciones que acopian en alta mar las capturas de la flota del Golfo de Guacanayabo).

“La gente se las lleva para irse del país. Y a eso tienes que agregarle que los otros barcos se han ido rompiendo por los muchos años de uso y que ya las especies no se manifiestan como antes”, asegura un pescador del barrio de La Playa, el único punto realmente costero de este pueblo que hace décadas decidió asentarse tierra adentro para evitar que se repitiera la historia del terrible ciclón del ’32.

Pero tal decisión no lo protegió de los embates del cambio climático, que han hecho más habituales las inundaciones e incrementado la salinidad de los suelos, incluso en zonas que están a kilómetros del mar.

Sin mayores oportunidades y ante un panorama tan poco promisorio desde hace años Santa Cruz del Sur experimenta un marcado descenso poblacional. Así lo confirmó el último censo, que ubicó al municipio como el segundo con la mayor disminución porcentual de sus habitantes.

Hoy su población es inferior a la que tenía en 1976, cuando se estableció la actual división político-administrativa. Entonces sus dígitos rondaban los 47 400 residentes, casi 2 000 más que los registrados en 2014 (45 520). El déficit se hace aún más marcado cuando se acude a las cifras de cinco años antes (2009), momento en el que el territorio contabilizaba 49 841 asentados de forma permanente, o las de principios de la década, cuando superaba cómodamente los 50 000.

En otras palabras, en los últimos diez años Santa Cruz del Sur ha perdido casi la décima parte de su población, una “sangría” que a nivel de país hubiera representado un descenso neto de más un de un millón de cubanos.

La isla que se vacía

Salvo por algunas áreas de la ciudad de La Habana, en las que se aplican políticas de regulación migratoria y reasentamiento de sus poblaciones, en el resto de los casos se trata de regiones rurales muy afectadas por el desmontaje de la industria azucarera y la crisis general que experimenta el escenario agropecuario.

Esa problemática se hace particularmente aguda en la mitad este de la Isla o en zonas montañosas, como Manicaragua (Villa Clara). Lo más preocupante es que para enfrentarla no existen más estrategias que los llamados planes de atención a las cinco provincias del Oriente y la todavía teórica política de desarrollo local, que a tres años de su lanzamiento archiva muchos menos éxitos que horas de divulgación en los medios de prensa.

Pero el tiempo pasa y “la vida es esta y hay que vivirla”, afirma Yunier, un vendedor ambulante del reparto La Yaba, a las afueras de la ciudad de Camagüey. Esa barriada es la principal zona de asentamiento para quienes emigran desde Santa Cruz del Sur, Najasa y otros puntos de la geografía meridional de la provincia, que coincidentemente se incluyen entre los menos poblados o de más rápido despoblamiento en el país.

“Vine para acá cuando el servicio militar y más nunca viré. ¿Qué iba a hacer allá, trabajar en la agricultura por cuatro pesos? Me quedé en Camagüey y me alegro de eso todos los días. Santa Cruz no se ha vaciado porque los orientales emigran y lo vuelven a ‘llenar’, que si no, ya ni gente tendría”, cuenta Yunier como en un intento de justificarse.

Mas no necesita hacerlo. Al igual que él, otros cientos de personas se asientan cada año en la periferia de la capital agramontina, a veces sin las más mínimas condiciones de habitabilidad y solo con lo básico para recomenzar. Como sea, dicen, estarán mejor que en el lugar donde hasta entonces vivieron.

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