LA HABANA. A los cubanos, practicantes de la charada, esa lotería ilegal muy socializada; de la interpretación de los símbolos y los sueños a base de números; también aficionados a que le tiren las cartas para predecir futuros, una fotografía ha concitado su interés y puesto a volar su imaginación. Y de vuelo se trata porque los cubanos le sacamos lasca a todo. En mi lenguaje: “jugo”.

¿Qué volaba a la derecha de la foto que publicó Progreso Semanal cuando la inauguración formal de la embajada de Estados Unidos en La Habana y que ahora reproducimos nuevamente?

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A su derecha, distante, oscuro, el ente o símbolo a interpretar. Unos dicen que se trata de un dron destinado a vigilar y proteger a los asistentes al acto oficial.

¿Cómo no usar este novedoso artefacto capacitado lo mismo para bombardeos planificados, control de áreas urbanas donde se produzcan desórdenes, que para filmaciones de la televisión comercial y también para proteger e identificar personas u objetos de interés? Este es uno de los argumentos que usan los que apuestan a que fue un dron “para proteger a los allí reunidos”.

Otro, contradiciendo a los anteriores, estima que “nada de dron, era un aura tiñosa”.

Insatisfecha con esta respuesta, mi vecina Gisela, poseedora de una imaginación creativa –realmente una perdida para el Hollywood dedicado a juegos de computadora—relaciona las opiniones anteriores de la siguiente manera: “los americanos pusieron a volar esa cosa, pero disfrazada de aura”. Para ella, que volara “en forma de águila sería muy fuerte”, algo ofensivo y “ahora ellos vienen con dinero y política”.

Gisela desconoce que el águila que estuvo en el monumento al Maine, todo un símbolo del pretexto para intervenir en nuestra guerra de independencia y así controlar la república naciente, tiene las alas rotas: una, según me afirman, está en el museo de la ciudad, la otra en poder de Estados Unidos. Ala partida no hace vuelo, más no deja de ser una imagen. En la práctica las águilas y los drones surcan los aíres. Ambas son signos de poder y control.

Insatisfecho fui en busca de alguien experto en la charada, ese juego traído a Cuba por los chinos en el siglo XIX, en la que que animales y objetos se corresponden con números. Un ejemplo: muchas personas aficionadas a este juego parten de sueños que tuvieron o de acontecimientos vividos y lo relacionan con los números que ellos estiman puede corresponderle, y apuestan.

El experto en charada que consulté me respondió para explicarme con claridad: “día de la inauguración de la embajada, el 14 que es cementerio… bandera es el 19 (20 eran los altos funcionarios presentes en el acto)… 33, tiñosa y avión o globo el 92”.

¿Qué número escogerías?, le pregunté.

“Tiñosa”, respondió y comenzamos a darle vueltas de la siguiente manera: esas aves revolotean y viven de lo putrefacto, animales muertos o personas fallecidas en soledad y a la intemperie.

“¿Quién o que murió ese día?”, más que pregunta fue especulación.

Ambos deseamos –los deseos no sustituyen realidades– que fuera el adiós de una política de dominación sobre nuestra patria, palabra que por cierto no tiene número entre los 36 de la charada china original.

Cierto, no tiene número y aunque lo tuviese, con la patria no se juega. Somos TODOS y cada uno de nosotros.

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