CAMAGÜEY. En un extraño giro del destino, hoy Vladimir vende papas en lugar de sembrarlas. “Cojo más o menos el mismo sol montado encima de la bicicleta que allá en Sola, pero ahora gano más y estoy en el pueblo. El día que dejaron de sembrar papa en Camagüey me hicieron el favor de mi vida, aunque sé que a mucha gente le costó bastante y hay pueblos que nunca se recuperaron del golpe”.

Durante décadas esta provincia destinó sus mejores tierras al cultivo del tubérculo, que se extendía por cinco municipios y tenía sus principales feudos en el valle de Sierra de Cubitas, al norte del territorio. Por entonces, allí coexistían el tercer mayor plan de escuelas en el campo del país, sus inevitables campos de cítricos y grandes sembrados de papa.

Pero el Período Especial y las políticas de reordenamiento del Ministerio de la Agricultura terminaron llevándose por delante las plantaciones camagüeyanas, que para la cosecha de 1999 promediaban rendimientos de 5 300 quintales por caballería (mil menos que sus homólogas del Occidente de la Isla).

“Lo que pasó fue que le sacaron el pie a la papa en Camagüey”, asegura Ignacio, un viejo operador de máquinas de riego. “Empezaron a decir que si los costos, que si la semilla… y al final nada más dejaron las siembras de Ciego de Ávila para allá. No sé qué lógica pueda haber tenido el asunto, pero si usted mira las tierras de Venezuela o Ceballos no les encuentra muchas diferencias con las de Sola y Esmeralda, y tampoco en cuanto a clima. Simple y llanamente querían recortar gastos y a nosotros nos tocó bailar con la más fea”.

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Una agricultura “de puerto”

La agricultura cubana ha vivido siempre bajo una Espada de Damocles: su dependencia del exterior. Comenzando por el azúcar y el tabaco, y terminando por rubros tan “exóticos” como la miel, de la Colonia a estos días al surco insular nunca le han sido ajenos los vaivenes de allende fronteras.

Lo limitado del mercado local y su histórica relación con actores externos (en distintas épocas España, Estados Unidos y el Campo Socialista) contribuyó a acentuar esa realidad, incluso en aspectos tan esenciales como las semillas.

Sin ir muy lejos, la mayor cosecha papera que registra la Isla (372 mil toneladas, en el 2000) en buena medida fue posible gracias a la importación de simientes desde Canadá y varios países europeos, a un costo que por entonces rondaba los veinte millones dólares y que hoy sería varias veces superior. No por gusto, la llamada reina de la cocina cubana se ha convertido en un artículo de lujo, destinado en lo esencial a la comercialización en La Habana, el abasto del turismo y algunas producciones de la industria alimentaria.

A diferencia de la caña, el tabaco o las viandas, cultivos para los cuales Cuba ha conseguido desarrollar sus propias variedades, en ramos como la papa, las hortalizas o los granos la realidad es –en diversos grados– diferente. De hecho, un programa tan priorizado como el de la Agricultura Urbana y Suburbana tiene entre sus objetivos crear una finca de semillas en cada municipio, pero tras años de esfuerzos hoy solo funcionan 147 centros de ese tipo.

Su desarrollo choca con obstáculos tan diversos como la carencia de recursos o los insuficientes pagos a los productores, “que en muchos casos ganan más vendiendo para el consumo que para semilla”, alertaba hace algunos meses Adolfo Rodríguez Nodals, máximo directivo del proyecto.

Para el también director del Instituto de Investigaciones Fundamentales de la Agricultura Tropical (Inifat) en Cuba todavía no existe conciencia sobre la necesidad de emplear semillas certificadas, “que con el mismo trabajo brindan cosechas muy superiores”: algunos prefieren esperar por las orientaciones y los recursos llegados desde el Ministerio, y entre los cosecheros abundan los que asumen con escepticismo el tema.

Sobre todo ante los altos costos de las simientes, que son comercializadas por una empresa nacional a precios muy superiores a los que reciben sus productores. Así, un gramo de semillas de tomate puede llegar a valer poco menos de dos pesos, más caro que el fruto de la cual se obtienen. A primera vista, se trata de un negocio “redondo” para la entidad, que tiene contratos con casi mil agricultores de todo el país, pero termina siendo contraproducente para el crecimiento agrícola que promueve el Estado.

“Aquí hay muy buenas variedades, están el plátano Censa y la yuca ‘señora ponga la mesa’, que son resistentes y paren cantidad, pero casi todo el mundo las consigue con un vecino o un familiar; la mayoría de la gente compra en la tienda las herramientas y otras cosas, pero lo que es un cangre o unas posturas, eso se mueve entre guajiros”, asegura Yankiel, un usufructuario asentado en el tunero municipio de Jobabo.

Los aportes de centros como el Instituto de Investigaciones de Viandas Tropicales (Inivit), que garantiza las plántulas para ese tipo de cultivos a nivel de país, y los altos precios internacionales de otros productos agropecuarios han hecho que La Habana concentre sus esfuerzos en la adquisición de semillas para la papa y las hortalizas, rubros que prácticamente acaparan los 11 millones de dólares que en 2015 se emplearán para tal fin.

Pero esa misma dependencia coloca a la agricultura nacional en una posición de desventaja frente a algunas de sus homólogas del mismo entorno geográfico, que como Colombia y México sí son capaces de completar todos sus ciclos productivos.

Una solución –al menos parcial– pudieran ser las importaciones de semillas desde los Estados Unidos, posibilidad que hace dos semanas defendió Manuel Rodríguez, director de la empresa productora y comercializadora del ramo en la Isla. “Nuestra única salvedad son los cultivos transgénicos”, aseguró el funcionario durante una conferencia de prensa reportada por la agencia alemana DPA; “pero estamos abiertos a todos los contactos, que se han incrementado en los últimos meses”, agregó.

Los cerca de 2 000 millones de dólares que cada año gasta Cuba en la compra de alimentos son el mayor impulso para llevar adelante las negociaciones, en especial con suministradores norteamericanos. Y el acercamiento entre ambas capitales viene como anillo al dedo para que así sea.

Como una golondrina de esa primavera, en marzo pasado una delegación de empresarios norteños visitó la Isla en busca de oportunidades de negocios. En el grupo primaban los vinculados a la Coalición Agrícola de Estados Unidos por Cuba (UASCC, por sus siglas en inglés), un lobby bipartidista que apuesta por regularizar el comercio entre ambos países.

“Somos más optimistas que nunca”, afirmaba al diario Granma Elizabeth Ward, la presidenta de la Federación del Arroz. A su juicio, en la lucha contra las restricciones será decisiva la influencia de los agricultores estadounidenses, con gran peso en varios estados y que pueden enviar un mensaje claro al Congreso: es hora de levantar el bloqueo.

El desenlace está por verse, pero por lo pronto los primeros pasos apuntan a una siembra promisoria que puede potenciar la economía a un lado y otro del estrecho. El tiempo dirá.

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