El torpe agente Gross se convierte en agente de cambio en Cuba

Su historia parece un guión de la vieja parodia de espionaje “Get Smart” (*)

“El señor Gross es inocente y su detención continuada es injusta”, decía un memo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) enviado en 2010 al Comité Senatorial para las Relaciones Exteriores.

Por esa época, el Comité estaba presidido por el senador John Kerry. El representante Howard Berman presidia el Comité de la Cámara de Representantes para las Relaciones Exteriores. Los dos demócratas habían estado presionando a USAID para que justificara sus programas en Cuba donde, repleta de fondos de la administración George W. Bush, la agencia parecía haberse desbocado.

La USAID tenía mucho que explicar.

Alan Gross, quien recibió casi $600 000 dólares en fondos de USAID, había sido arrestado en el Aeropuerto José Martí de La Habana en diciembre de 2009, al terminar su quinto viaje a Cuba. Fue atrapado contrabandeando dispositivos electrónicos prohibidos, los cuales instaló en sinagogas. Fue acusado de “actos criminales contra la independencia de la nación cubana” y condenado a 15 años de prisión.

Gross fue liberado por el presidente cubano Raúl Castro en diciembre de 2014, una precondición al acuerdo del presidente Barack Obama de normalizar las relaciones diplomáticas con Cuba. La liberación de Gross de prisión el segundo día de Hanukkah fue seguida inmediatamente del anuncio del presidente de una nueva política EE.UU.-Cuba

Gross es una pequeña pero importante parte de una historia mayor.

En 2010, en el segundo año del primer período presidencial de Obama, los burócratas de USAID estaban involucrados en la política de la administración Bush hacia Cuba, donde decenas de millones de dólares fluían hacia programas financiados por medio de una disposición de la Ley Helms-Burton. Aprobada en 1996, la Helms-Burton convirtió el embargo en ley y requería que Fidel y Raúl Castro fueran eliminados del poder antes de que EE.UU. pudiera considerar que Cuba se encontraba “en transición a la democracia”.

John Kerry y Howard Berman, junto con otros demócratas en el Congreso, consideraron que la política de extrema derecha hacia Cuba era un derroche de dinero y un fracaso estratégico.

“Desde que la Helms-Burton se convirtió en ley, hemos gastado más de $150 millones en iniciativas políticas en Cuba sin ningún resultado. Nuestra Sección de Intereses en La Habana, por ejemplo, dijo que hay poca evidencia de que estos programas hayan ayudado a los disidentes a obtener un apoyo significativo dentro de Cuba”, escribieron en diciembre de 2010 Kerry y Berman en una carta conjunta a la secretaria de Estado Hillary Clinton y al director de la USAID Rajiv Shah. (Shah anunció su renuncia para febrero poco antes de que Alan Gross fuera liberado.)

“Cincuenta años de evidencia muestran que un enfoque de olla de presión con vistas a lograr en Cuba un cambio rápido, aunque explosivo y violento –ignorando el deseo del pueblo cubano de un cambio pacífico–,  fracasará”.

Ahí, en dos párrafos, se encuentra el germen de lo que se convertiría en la política de apertura de Obama con Cuba –aunque le tomara un tiempo llegar allí. Pero antes de que el presidente pudiera llegar allí, tenía que solucionar el problema de Alan Gross –un vestigio de una política de George W. Bush basada en aislar aún más a Cuba mientras vertía dinero en  programas para desestabilizar al régimen desde dentro.

En realidad el Congreso, desde que aprobara la Ley Helms-Burton, había autorizado $205 millones de dólares para el financiamiento de programas en Cuba, según un informe de la Oficina de Auditoría Gubernamental.

El financiamiento para el tipo de programa de USAID que Gross estaba realizando en Cuba se incrementó de $3,5 millones a $45 millones durante los ocho años de Bush como presidente. Bajo Obama el Congreso, dominado entonces por los demócratas, redujo el financiamiento a la mitad, pero los dólares de Bush aún estaban en la tubería.

Debido a que las operaciones de USAID en Cuba estaban envueltas en un manto de secreto, los miembros del Congreso no tenían idea de qué recibían a cambio de su dinero. Es decir, hasta que el gobierno cubano condenó a Gross, cuyo programa clandestino para instalar sitios de Internet diseñados para evadir el monitoreo por el gobierno cubano parece un guión de la vieja parodia de espionaje “Get Smart”.

Insulto a la debacle

El trabajo de Alan Gross y sus colaboradores en Cuba implicó reuniones secretas con rabinos y líderes de templos masónicos.

Gross utilizó como “mulas” involuntarias a miembros de delegaciones humanitarias de judíos norteamericanos para contrabandear equipos electrónicos que eran ilegales en Cuba.

Puso en peligro a congregaciones judías en Cuba al atraerlas para que colaboraran, usando el pretexto de que él era un trabajador humanitario interesado en mejorar el acceso a Internet para los judíos de Cuba.

Los servicios cubanos de inteligencia sabían de Gross desde 2004, cuando por unos precarios $400 dólares llevó a Cuba un paquete de equipos electrónicos y dinero para Marc Wachtenheim, otro subcontratista de USAID. Ambos hombres desconocían que el hombre a quien Gross entregó el paquete era un veterano operativo encubierto de inteligencia conocido como el “Agente Gerardo”.

Cuando finalmente Gross fue detenido en diciembre de 2009, en su quinto viaje a la Isla, tenía en su posesión no solo su computadora, sino varias memorias flash que tenían registradas detalladas descripciones de programas y protocolos de USAID en Cuba.

Entre los artefactos que Gross introdujo en Cuba había enlaces satelitales BGAN, los cuales permitirían crear “puntos calientes” de Wi-Fi que Gross estaba organizando para sortear a los servidores gubernamentales. Un ítem problemático del contrabando era un chip de teléfono celular que los expertos dicen que es usado a menudo por el Pentágono y la CIA para hacer que las señales satelitales sean prácticamente imposible de rastrear, según la Associated Press.

Por estos servicios, la firma de Gross recibió $585 000 dólares, lo cual no incluye los costos en que incurrió Development Alternatives Incorporated (DAI), el gran contratista que subcontrató a Gross. La DAI, con oficinas en Bethesda, Maryland, y Londres, continúa como receptor de lucrativos contratos de USAID ($300 millones en 2012).

Para agregar insulto a la debacle diplomática, antes de que Gross fuera juzgado el gobierno cubano transmitió una serie de videos (disponibles en Vimeo) titulados “Las Razones de Cuba”, en los que aparece José Manuel Collera Vento, (c/p “Agente Gerardo”) y otro agente cubano con quien Gross y Wachtheim habían trabajado desconociendo que sus presuntos colaboradores los llevaban de la mano.

Un agente nada perfecto

Alan Gross no era el perfecto operativo encubierto.  No hablaba español y no era un experto en Cuba. Según el sitio web “Traigamos a Alan a Casa”, había trabajado anteriormente en proyectos de desarrollo en Azerbaiyán, Bulgaria y la Margen Occidental.

Durante la administración Bush, Gross decidió llevar sus talentos a Cuba y comenzó a buscar un comprador para lo que estaba vendiendo. En una de las memorias flash que las autoridades cubanas confiscaron cuando arrestaron a Gross había una propuesta para crear sitios de Internet en sinagogas cubanas, idea que Gross había tratado de vender a Wachtenheim en 2005.

Wachtenheim, un operativo derechista y académico ocasional que dirigía a otro contratista de USAID, Pan American Development Fund (Fondo Panamericano de Desarrollo), no estaba interesado. Gross hizo la misma propuesta a DAI, según las autoridades cubanas que encontraron las dos propuestas de Gross en su memoria flash.

Sin embargo, los servicios cubanos de inteligencias no necesitaron leer la memoria flash de Gross para saber en qué estaba metido. Los agentes habían penetrado el chanchullo de Wachtenheim, y subsiguientemente el de Gross, antes de que los dos hombres comenzaran su trabajo en Cuba. En 2001, Wachtenheim llevó a Collera a Washington para que se reuniera con Otto Reich en su oficina del Departamento de Estado.

Reich, es un norteamericano nacido en Cuba e implicado en tejemanejes latinoamericanos desde la década de 1980, cuando –según una declaración ante un Comité de la Cámara de Representantes y el Senado– era un operativo del Departamento de Estado que filtraba historias de propaganda en la prensa latinoamericana durante lo que resultó ser el escándalo Irán-Contras. Veinte años más tarde, George W. Bush utilizó un receso del Senado para nombrar a Reich subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental. Wachtenheim reconoció en Reich a un alma gemela y acudió a él con un plan nunca puesto en práctica para usar a logias masónicas como sitios secretos de Internet en la Isla. El Agente Gerardo había sido el Gran Maestro de la Gran Logia Masónica de Cuba.

Los dos fanáticos anticastristas no sabían que Collera era un agente encubierto de inteligencia desde hacía más de 25 años. Su reunión en 2001 fue demostrada con documentos que son parte de las actas del juicio, y Collera la describe en una larga entrevista en TV con un medio noticioso cubano. (Reich y Wachtenheim no respondieron a nuestras llamadas telefónicas.)

Funcionarios del servicio exterior en la Sección de Intereses de EE.UU. en La Habana sabían que Collera era un doble agente que recibía órdenes “del régimen de Castro” –según cable del Departamento de Estado publicado por WikiLeaks. Pero los contratistas de USAID, como se supo posteriormente, no se comunicaron con la Sección de Intereses.

Judíos norteamericanos como mulas

Gross, un judío reformado, acudió a organizaciones judías norteamericanas que patrocinaban  misiones humanitarias con el fin  de encontrar “mulas” para que llevaran contrabando a Cuba. Susan Andisman, de la Federación Judía del condado de Broward (la Florida), fue mencionada en el proceso judicial por el gobierno cubano, así como Richard Klein, un ejecutivo neoyorquino de la Federación Judía de Norteamérica. Ambos pasaron equipos electrónicos por el mismo aeropuerto de La Habana donde Gross fue arrestado. Gross era consciente del peligro asociado con realizar el contrabando, al describir sus andanzas en documentos obtenidos por la Associated Press, como “un negocio riesgoso”.

En una ocasión en enero de 2010, después de que Gross había sido detenido, un funcionario de USAID, evidentemente ansioso por el uso que la agencia hacía de las “mulas”, envió el siguiente mensaje al personal del programa de Cuba de la agencia (en un correo electrónico obtenido por The Washington Spectator):

Si uno sabe que los riesgos asociados con enviar viajeros a la Isla son altos, ¿querrían sus viajeros ir de todas maneras? ¿Por qué o por qué no?

Por favor, llene la tabla adjunta y envíemela de regreso por COB el jueves 21 de enero. Usted verá que no le estamos pidiendo los nombres de los viajeros. Tampoco estamos pidiendo información acerca de las mulas. Estamos interesados en viajeros programáticos que pasaron tiempo en la Isla.

Las “mulas” de Gross no tenían la menor idea de que llevaban contrabando ilegal en su equipaje. La inteligencia cubana sí.

Además de poner en peligro a sus “mulas” norteamericanas, Gross arriesgó desbaratar el delicado equilibrio entre el régimen de Castro y los judíos de Cuba, quienes disfrutan de libertades que otros cubanos no tienen.

“Hemos logrado un modus vivendi con el gobierno cubano”, dijo Arturo López-Levy, exsecretario de la Logia Maimonides B’nai B’rith de Cuba, a The Jewish Daily Forward. “Tenemos libertad de religión, viajes de derecho de nacimiento. ¿Por qué vamos a poner en peligro nuestro status por esto?”

“Los judíos cubanos tenían acceso a Internet años antes de que Gross comenzara a trabajar con ellos”, me dijo un asistente congresional que pidió que no usara su nombre. “Él usó a la comunidad judía como fachada. Yo también diría que no sabía dónde estaba parado y que [USAID] estaba operando más allá del mandato de su misión”.

La sentencia de 18 páginas dada conocer por un tribunal cubano el 11 de marzo de 2011 describía un incidente en el que Gross ocultó a líderes de la comunidad judía que estaba instalando equipos inalámbricos en sus sinagogas, a pesar de que la colaboración con un agente del gobierno norteamericano podría haberlos llevado a la cárcel.

Líderes de sinagogas en La Habana, Santiago y Camagüey fueron testigos de la acusación en el proceso del gobierno cubano contra Gross.

No es que los cubanos hayan desbaratado una sofisticada red de espionaje cuando arrestaron a Alan Gross. Él era una fruta al alcance de la mano para una agencia de inteligencia que es esencial para un régimen represivo que estaba paranoide, con razón, acerca de su poderoso vecino 90 millas al norte, y obsesionado con suprimir la disensión dentro del país.

Los operativos de USAID en la Isla no estaban a la altura del sofisticado servicio de inteligencia de los hermanos Castro. Incluido en el programa cubano de propaganda hay un video de vigilancia de Wachtenheim hablando con Collera varios días antes de que Gross fuera arrestado –documentación fotográfica de un operativo de EE.UU. derrochando el dinero de un financiamiento de USAID e ignorante de que su colaborador cubano es el Agente Gerardo.

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¿Agente de cambio?

Así que no hay héroes en esta historia. Solo villanos y un conciliábulo de ideólogos embaucados.

Y perdedores: los contribuyentes norteamericanos que pagan la factura de los contratistas de USAID que tratan de buscar su tajada.

Y el pueblo cubano, para quien la contrarrevolución norteamericana ha sido contra producente.

Sin embargo, el torpe agente Alan Gross puede que termine por ser un agente de cambio.

Su liberación, hábilmente negociada por Raúl Castro, creó el espacio político para que el presidente Obama anunciara una política EE.UU.-Cuba que es un cambio radical de la que existía desde que Fidel Castro derrocara a Fulgencio Batista en 1959.

La política será puesta a prueba ahora en el Congreso, donde los republicanos de la Florida Marco Rubio en el Senado e Ileana Ros-Lehtinen en la Cámara de Representantes lideran un caucus republicano Cuba Libre decidido a mantener al régimen bajo presión, hasta que ambos hermanos Castro mueran o se marchen al exilio.

Lou Dubose es el editor de The Washington Spectator.

(*) Vieja serie de la TV norteamericana, presentada en español bajo el título de “Superagente 86”, que se burlaba de los clásicos filmes de espionaje como los de James Bond.

Traducción de Progreso Semanal.

(Tomado de The Washington Spectator)

One Response to El torpe agente Gross se convierte en agente de cambio en Cuba

  1. No es un asunto tan tonto como como supone el autor del articulo,
    estaban en juego muchas cosas mas que la seguida de unos judíos
    tontos convertidos en mulas sin ningún tipo de escrupulos por uno
    de sus iguales.
    Los propósitos eran algo mas que eso y era por lo que a Gross se
    le pagaba muy bien y creo que la utilización de judíos en el sucio
    juego se hacia con el supuesto de que Cuba no haría nada ante el
    temor de severas represalias como ocurre en Medio Oriente ante
    cualquier ataque a un judio.

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