Es diciembre de 1823 y sobre el puerto de Nueva York se cierne un congeladísimo invierno.

Cierto hombre que anda por la treintena, endeble y aterido, desciende las pasarelas del buque inglés Draper, hacia un atracadero de South Street.

La ciudad –que Martí verá como una “copa de veneno”– inmediatamente iba a parecerle repulsiva. Además del entorno –gélido para cualquiera, y sobre todo para él, hijo de la tibieza cubana–, lo molesta el idioma, el cual le suena a silbidos de moscas impertinentes. (Aunque, con el tiempo, lo va a hablar casi sin acento).

El recién llegado ni de lejos sospecha que 27 años de su vida van a transcurrir en aquella urbe aplastante, donde sucedería buena parte de su protagonismo patrio.

Tampoco puede predecir que aquél será el escenario donde sus enemigos pretenderán matarlo.

El protagonista

Félix Francisco José María de la Concepción Varela y Morales nace en la habanera Calle del Obispo, el 20 de noviembre de 1788, hijo de Francisco Varela, militar español, y de María Josefa Morales, cubana de Santiago.

Cualquier biografía elemental dará cumplidos detalles sobre los avatares de su vida. A este humilde chupatintas le basta con decir que la patria, por nosotros compartida, es inimaginable sin que por su historia hubiese transitado Félix Varela.

Heraldo de la modernidad, revoluciona nuestra enseñanza, hundida en la urdimbre de las telarañas medievales. Al método escolástico, opondrá el laboratorio repleto de cajas galvánicas, reactivos químicos, máquinas neumáticas. Como diría uno de sus fúlgidos alumnos, él fue quien primero nos iba a adiestrar en el ejercicio del pensamiento, mientras proclamaba que no admiten demora ni instruir a un pueblo ni darle de comer.

El 19 de enero de 1820 el teniente coronel español Rafael Riego se subleva en Las Cabezas de San Juan y proclama nuevamente la Constitución en España. El pronunciamiento es secundado en toda la Península, y el 7 de marzo el rey Fernando VII no tiene más remedio que jurar esa constitución, que odiaba, y convocar a Cortes. Se inaugura el Trienio Liberal.

En La Habana, el gobernador Cagigal se niega a aceptar el documento, pero finalmente tiene que firmarlo, ante la presión de la tropa, sobre todo de los catalanes.

Se crea la Cátedra de Constitución en el Seminario San Carlos, que Varela gana por oposición.

Después, en 1822, con el apoyo del progresista obispo vasco Espada, resulta Varela elegido como diputado a las Cortes. Allí presentará ponencias de avanzadísimo tinte político.

A partir de ese momento se ganará el odio visceral de ese malévolo ser de los Borbones, quien tenía “cara de mulo y entrañas de hiena”, el “rey felón”, Fernando VII.

Francia lanza contra España los llamados “Hijos de San Luis”, un ejército de cien mil hombres que barrerá con la intentona liberal.

Varela, condenado a muerte, logra escapar a Gibraltar, donde aborda el ya mencionado buque inglés Draper, hasta Nueva York.

Un intento de asesinato

La Church of the Transfiguration, uno de los dos templos neoyorquinos fundados por Varela.
La Church of the Transfiguration, uno de los dos templos neoyorquinos fundados por Varela.

En Nueva York, desplegará Varela intensa actividad en su desempeño como religioso, hasta al punto de que funda dos parroquias.

Pero, hombre multivalente, seguirá brillando sencillamente en todo, desde la publicación de El Habanero –primer periódico independentista cubano– hasta su trabajo como inventor, quien va a crear desde un aparato para mejorar el aire que aspiran los asmáticos hasta una rueda que no hace ruido al desplazarse, ni maltrata al pavimento.

Pero sus enemigos no lo han olvidado. Manda en San Cristóbal de La Habana Francisco Dionisio Vives, un ser plenamente amoral, desentendido de la cosa pública, hasta el punto de que ejerce su cargo no desde el Palacio de los Capitanes Generales, sino a partir de una valla de gallos que tenía junto al Castillo de la Fuerza.

Tuvo como consigna, para desmoralizar al pueblo cubano, el gobierno de “las tres bes”: baile, botella y baraja.

Y un día llama a El Tuerto Morejón, un sicario de la policía habanera, y le muestra treinta mil pesos. Ése sería el pago para que asesinase al padre Varela en Nueva York.

Parte El Tuerto para su destino, pero muy mal le iba a ir allí. Ya desde La Habana los amigos del presbítero le avisan que viaja hacia allá el matón.

A Varela lo adoraban los irlandeses, quienes, como es sabido, nunca han sido remisos a la hora de ejercer la violencia para defender sus derechos.

Y dicen que se acercaron al tuerto, malencarados, prometiéndole ahorcarlo “por salva sea la parte”, como decía mi abuelita.

Y el sicario regresó a Cuba, sin haber podido embolsillarse los treinta mil pesos.

Mientras, el dulce presbítero se repetía las palabras que nos legó: “Un hijo de la libertad, un alma americana, desconoce el miedo”.

Fallecería de muerte natural, cuando atardecía el 25 de febrero de 1853 en San Agustín, Florida, sumido en la más absoluta miseria, con la sotana raída.

En esos momentos El Homagno, José Martí, quien lo calificaría como “patriota entero” y “santo cubano”, aún no ha cumplido los dos meses de vida.

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