La libertad, el poder y la mente conservadora

El lunes, el Tribunal Supremo revocó una parte clave de la Ley de Atención Asequible, al decidir que las corporaciones de propiedad privada no tienen que ofrecer a sus empleados cobertura contraceptiva que esté en conflicto con las creencias religiosas de los propietarios de la corporación.

Los propietarios de Hobby Lobby, demandantes en el caso, siempre tuvieron libertad para practicar su religión. El Tribunal confirió también libertad religiosa a su corporación –un salto de lógica tan absurdo como dar a las corporaciones libertad de expresión. Las corporaciones no son personas.

El problema mayor del Tribunal es estar totalmente ajeno al creciente desbalance del poder económico entre las corporaciones y la gente real. Al dar a las compañías el derecho a no ofrecer a los empleados los servicios contraceptivos a que les daba derecho la ley, el Tribunal ignoró los derechos de los empleados a recibir esos servicios.

(La sugerencia del juez Alito de que el gobierno federal pudiera ofrecer directamente esos servicios tiene tanta probabilidad política como el plan de seguro federal de un solo pagador –lo cual supuestamente sería necesario para suministrar tales contraceptivos o cualquier otro servicio de Obamacare que las corporaciones rechazan por razones religiosas.)

El mismo desbalance de poder se convirtió en la decisión del Tribunal en “Citizens United”, al conceder a las corporaciones libertad de expresión, algo tan perverso. En realidad, la libertad de palabra de las corporaciones ahoga la libertad de palabra de la gente común y corriente que no puede inundar los pasillos del Congreso con donaciones para campañas.

La libertad es el valor que los conservadores colocan por encima de todos los otros, pero una y otra vez su ideal de libertad ignora el creciente desbalance de poder en nuestra sociedad que está erosionando las libertades de la mayoría de la gente.

Esto no es nuevo. A principios de la década de 1930, el Tribunal trató de matar la legislación del Nuevo Trato con la “libertad de contrato” –el supuesto derecho de la gente a realizar los negocios que desean libre del peso de las regulaciones federales. Finalmente (quizás influido por la amenaza del presidente Roosevelt de que ampliaría el Tribunal y lo llenaría de sus propios nominados), el Tribunal cedió.

Pero la mente conservadora nunca ha incorporado el poder económico a su comprensión de lo que es libertad. Los conservadores aún abogan por la “libertad de empresa” e igualan el concepto del llamado “libre mercado” con el de libertad. Para ellos, las “intromisiones” del gobierno en el mercado amenazan la libertad.

Sin embargo, el “libre mercado” no existe en la naturaleza. Allí, solo funciona la ley del más fuerte. El “libre mercado” es el producto de leyes y reglas que emanan continuamente de legislaturas, departamentos ejecutivos y tribunales. El gobierno no se “entromete” en el libre mercado. Lo define y organiza (y a menudo lo reorganiza).

He aquí donde entra la realidad del poder. Una cosa es que estas leyes y reglas se conformen de manera democrática reflejando el valor y las preferencias de la mayoría de la gente.

Pero cualquiera que tenga medio cerebro puede ver que la creciente concentración de ingresos y riqueza en el nivel más alto de Estados Unidos también ha concentrado allí el poder político –generando leyes y reglas que inclinan el campo de juego aún más a favor de las corporaciones y los ricos.

Las leyes antitrust destinadas a contener a los monopolios han sido evisceradas. La competencia entre los suministradores de servicios de internet, por ejemplo, está desapareciendo con rapidez –teniendo como resultado precios mayores que en cualquier otro país rico. A las compañías se les permite prolongar las patentes y marcas registradas, lo que mantiene más altos aquí que en Canadá o Europa los precios de los medicamentos.

Las leyes tributarias favorecen al capital sobre los trabajadores al dar a la plusvalía una tasa menor que al ingreso ordinario. Los ricos reciben enormes deducciones de los intereses de las hipotecas, mientras que los que alquilan su casa no reciben deducción alguna.

El valor de la propiedad real (el mayor activo de la clase media) es gravado anualmente, pero no el valor de las acciones y bonos (donde los ricos estacionan la mayor parte de su riqueza).

Las leyes de bancarrota permiten a las compañías reorganizarse fácilmente, pero no a los graduados universitarios agobiados por préstamos estudiantiles.

El salario mínimo pierde valor de manera constante, mientras que el salario de los directores generales está por la estratósfera. Según el derecho norteamericano, los accionistas solo tienen un papel “asesor” en la determinación de cuánto gana un director general.

Los bienes públicos que se sustentan con los ingresos por impuestos (escuelas públicas, universidades públicas asequibles, parques, caminos, puentes) se están deteriorando.

Mientras que los bienes privados que se sustentan individualmente (escuelas y universidades privadas, gimnasios, guardias de seguridad, amenidades de las comunidades cerradas) están floreciendo.

Podría seguir, pero ustedes me entienden. El llamado “libre mercado” no está expandiendo las opciones y oportunidades de la mayoría de la gente. Las está extendiendo para los pocos que son lo suficientemente ricos como para influir en la manera que se organiza el mercado.

La mayor parte de nosotros seguimos siendo “libres” en el sentido limitado de no ser coaccionados a comprar, digamos, los medicamentes o los servicios de internet innecesariamente caros o los contraceptivos que ya no se pueden obtener por medio del seguro de salud de los patronos. No podemos prescindir de ellos.

Igualmente somos libres de no ser recargados con años de pago de préstamos estudiantiles; a nadie se le requiere que vaya a la universidad. Y somos libres de no alquilar un lugar en un vecindario con malas escuelas y caminos llenos de baches; si no podemos darnos ese lujo, somos libres de trabajar más duramente para poder hacerlo.

Pero esta es una visión muy reseca de la libertad.

Los conservadores que aseguran que están de parte de la libertad mientras ignoran el creciente desbalance del poder económico y político en Estados Unidos, no están en realidad de parte de la libertad. Están a favor de los que tienen el poder.

(Tomado del blog de Robert Reich)

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