LA HABANA. En aritmética, y hasta que no se demuestre lo contrario, 2 más 2 suman 4. En política, no. Si refrescamos la historia del enfrentamiento de EE.UU. con Cuba veremos cómo queda descalificada la aplicación matemática al derrocamiento del proceso cubano.

La invasión a Cuba por Bahía de Cochinos en abril de 1961 fue una operación casi calcada de aquella que en 1954 derrotó al electo presidente guatemalteco Jacobo Arbenz. Tanto así que uno de los principales operativos de la CIA para la invasión a la isla había participado en la acción guatemalteca. Este oficial CIA –Howard Hunt, si la memoria no me falla- declaró en un documental estadounidense que para Cuba habían reunido “al viejo equipo guatemalteco”. Pero el éxito no se repitió. La invasión a la isla fue derrotada. 2 más 2 no fueron 4.

Posteriormente, ya en la década de los años 80, el modelo fue importado de lo que acontecía en la Europa del Este, específicamente en Polonia con el sindicato Solidaridad como máximo exponente de la oposición interna. Tuvieron éxito y entonces a extrapolar el diseño: captar descontentos, ayudarlos logísticamente, brindarle promoción externa, etc. Pero las extrapolaciones metodológicas –el primer 2 de la sumatoria—no incluyeron que Cuba no era Polonia con su historia, contradicciones con la URSS, causas distintas para el surgimiento del estado socialista y cultura en el sentido amplio; ni que los cubanos no eran polacos. Somos una resultante explosiva e inesperada de razas mezcladas y el proceso de cambios ocurridos en nuestro país –con sus aciertos y desaciertos- no llegó bajo las orugas de los tanques soviéticos. Este fue el otro 2 de la sumatoria fallida.

Otro momento de esa aritmética fallida fue cuando al implosionar la URSS y el campo socialista, acontecimiento que prácticamente paralizó la vida económica y social de Cuba, apostaron al efecto dominó. Y para ello agregaron las leyes más duras que haya implementado el gobierno de los EE.UU. contra país alguno. El gobierno cubano caería producto de la explosión de la caldera a la que Washington aumentaba la presión. Pero 2 más 2 no fueron 4. Y ya estamos en el año 2014.

Contra todo pronóstico y a contrapelo de la máxima atribuida a San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas (el líder Fidel Castro se educó con ellos) de “no hacer mudanzas en tiempos de crisis”, La Habana comenzó a realizar reformas identificadas como Actualización de su modelo económico extremadamente centralizado y estatizado. No voy a recordar las medidas que con cuidadosa gradualidad y a menudo carentes de una visión integral o sistémica, ha venido llevando adelante el gobierno cubano. Solo mencionaré la todavía discreta apertura a la actividad individual o privada en diferentes áreas a las que se irán incorporando otras; o las iniciativas de nuevas formas de gestión en centros de servicios o productivos, aún en fase experimental, incluidas las cooperativas emergentes.

Todo lo que está haciendo Cuba es a pesar del bloqueo; sí, bloqueo, porque hasta para jugar béisbol en la Liga Mexicana, por sus relaciones con la Major League Baseball, al parecer se debe tener nacionalidad trucada, como al parecer lo está demostrando el caso Despaigne. El colmo.

Hoy, ahora, diferentes voces, organizaciones, y personalidades solicitan de Washington un giro en la política hacia el gobierno cubano. Por primera vez aparece en el escenario de las relaciones con Cuba un punto pujante coincidente con que la política debe cambiar y sus activistas, que incluyen a la Cámara de Comercio de los EEUU. Ellos están invirtiendo capital económico y político. Ya esto de por sí es significativo.

No obstante, en este reclamo hay de todo, desde quienes parten de una visión de principios y de ética en la política internacional, pasando por los de pensamiento pragmático (costos y beneficios de la actual política), hasta quienes vuelven a jugársela a que 2 más 2 resulta 4.

Los que viajan en esta nueva apuesta aritmética tienen por objetivo dirigir la solicitada flexibilización de Washington hacia el emergente sector privado a fin de fortalecerlo para que opere como palanca de cambios políticos sustanciales. Para este sector es axiomático que cambios económicos traen de la mano cambios políticos radicales, en este caso del sistema político en general. Así solicitan del presidente Obama facilidades financieras, económicas y de intercambio de diverso tipo con la isla. La solicitud es excluyente y discriminatoria: no contempla la empresa estatal. ¿Por qué? ¿Para qué? Coherentes con su lógica formal cometen errores de apreciación.

Una de ellas reside en desconocer la capacidad de discrecionalidad contenida en la nueva ley de inversiones. En buen romance: son las autoridades las que deciden a quiénes sí y a quiénes no y discuten condiciones y demás aspectos. (Esta apreciación no implica mi concordancia con demasiados niveles de discrecionalidad en las legislaciones, solo constato un hecho).

Pero regreso a la palanca del sector privado, que en sus diversas formas parece tenderá a su crecimiento en la isla como motor para desmantelar el régimen político. ¿Ha sucedido esto en Viet nam? ¿En China? En esos países 2 más 2 no ha resultado en 4. Las reformas en esos dos países han traído beneficios para la mayoría de la población, aumento de su calidad de vida, también la aparición de llamativas diferencias socioeconómicas. Y en cuanto al comportamiento de las instituciones políticas fundamentales, en China, el parlamento interpela a ministros y exige, funciona. También las estructuras partidistas han abierto puertas a excluidos hasta hace unos años y en su seno existen tendencias con las cuales consensuar. Pero no ha habido cambio de régimen.

Es saludable que diferentes sectores, figuras políticas, prominentes hombre de negocios, instituciones sociales y demás, cada una con su agenda pero coincidiendo en una -cambio hacia Cuba- lancen sus propuestas, hagan su lobby, desbrocen el camino al presidente Obama para proyectarse, invitar al diálogo. La Habana, supongo, deseo, espero, sabrá actuar deslindando principios de cuestiones secundarias y sobre todo cómo ir asumiendo los retos de la dinámica de intereses que sus cambios van suscitando. Porque Cuba no es la de ayer.

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