Por Max J. Castroalt

Se suponía que a estas alturas Estados Unidos y Europa Occidental, junto con Japón y China, las economías más fuertes del mundo, estuvieran mucho más allá del alcance del maremoto provocado por el terremoto financiero de 2008. Pero ese no es el caso a ambos lados del Atlántico.

Cientos de millones de personas continúan sintiendo el dolor económico causado por los efectos remanentes de una crisis que los gurúes económicos del establishment habían dicho que jamás podría suceder en la economía capitalista globalizada, a prueba de crisis, nueva y de libre mercado. Peor, hoy gran parte de las privaciones que aún experimentan los pueblos, desde Atenas, Grecia, a Atenas, Georgia, es el resultado no del shock económico inicial, sino por la manera en que la mínima élite de los principales actores de la economía global decidió enfrentarse a los resultados de la debacle de 2008.

Muchos de nuestros actuales problemas no están en las estrellas ni son el resultado de la “mano invisible” del mercado. Las huellas dactilares del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE), la Unión Europea (UE), Angela Merke –la canciller alemana inclinada a la derecha–, los republicanos obstruccionistas  en el Congreso de EE.UU. y hasta la administración Obama están por toda la escena de este crimen.

La Gran Depresión, junto con los casos más recientes como la crisis de Argentina, ha demostrado que la austeridad para las masas por medio de duros recortes al gasto gubernamental es la peor política que pudiera seguirse ante un sector privado en picada.

Sin embargo, país tras país ha decidido beber el letal Kool-Aid del culto a la austeridad –o han sido forzados a beberlo por países más poderosos en cuya deuda se encuentran. Los resultados, como era de esperar, han sido terribles para la mayoría de las personas, pero no tan malos para los banqueros rescatados por sus gobiernos o para los ricos inversionistas de Wall Street.

Los más recientes datos económicos para Estados Unidos muestran que los empleos y la economía aún crecen a paso de tortuga, un anuncio que provocó… una subida en la bolsa de valores. Tal es la desconexión entre la economía del sudor, en la que trabaja la mayoría del pueblo, y la dulce economía de la especulación financiera que emergió prácticamente incólume de una catástrofe de su propia creación.

Como resultado del vacilante ritmo de crecimiento, el empleo en Estados Unidos es actualmente un 2,1 menor que el de 2007. En contraste, los empleos en Alemania crecieron en 5,8 por ciento durante el mismo período. Suecia, Canadá, Australia, e incluso la económicamente golpeada Gran Bretaña, también tuvieron mejores índices que Estados Unidos. Entre las naciones ricas, Estados Unidos derrota tan solo a las lamentables economías de Japón e Italia. Y, a diferencia de las economías más pobres de Grecia, España, Irlanda, Italia y Chipre, Estados Unidos no fue empujado a la austeridad, pateando y gritando, por fuerzas externas.

No, aquí la triunfante ideología de la ciega desregulación favorecida tanto por la administración de Clinton como la de George W. Bush, hizo posible la burbuja de las viviendas. Cuando hizo implosión, EE.UU. perdió billones de dólares en el valor de las casas, y colocó la economía en una grave espiral descendente.

El estallido de la burbuja de los bienes raíces no solo devastó el empleo en el sector clave de la construcción, sino que golpeó de forma dura a la economía en su conjunto porque durante mucho tiempo había sido mantenida a flote por los consumidores que usaron el siempre creciente valor de sus viviendas como una tarjeta de crédito virtual. Inevitablemente, el consumo cayó de manera súbita, lo cual provocó que los patronos, que entonces tuvieron menos clientes, despidieran a los trabajadores, lo que llevó a un descenso mayor en el consumo, y así sucesivamente.

El tratamiento a un paciente que pierde sangre es detener el flujo y suministrar una transfusión. El tratamiento para una economía que sangra empleos, es que el gobierno suministre una transfusión en la forma de consumo incrementado. Una combinación de intransigencia republicana, malos consejos por parte de asesores de la era de Clinton en la administración Obama, y una ausencia de audacia por parte del propio Obama inicialmente provocó un paquete de estímulo demasiado pequeño como para compensar las enormes heridas en la economía. Luego, desde 2010, cuando los republicanos tomaran el control de la Cámara de Representantes así como de muchas gubernaturas estaduales, ellos han presionado incesantemente a favor de menos gasto gubernamental. Eso es como aplicar sanguijuelas a un paciente que sangra. Es un milagro que la economía de EE.UU. al menos haya podido renquear hasta aquí.

El caso europeo es más complejo, dadas las diferencias económicas y culturales que existen entre los países y el hecho de que la mayoría de ellos ya no tienen moneda propia. Allí, las ricas naciones acreedoras han impuesto principalmente la austeridad a las naciones deudoras más pobres. El resultado ha sido que algunos países y regiones sufren peores condiciones económicas que durante la Gran Depresión, lo que resulta en gran inestabilidad política y social, para no mencionar el sufrimiento humano.

Tan desastrosas han sido las consecuencias de las políticas que la llamada “troika” –el FMI, la UE y el BCE– impuso por la fuerza a Grecia que recientemente hasta uno del trío expresó dudas. En un reporte interno dado a conocer recientemente, el FMI ha reconocido que debieran haber sabido que el acuerdo de la deuda que el triunvirato forzó a Grecia a aceptar en realidad incrementaría la deuda, mientras que dañaría seriamente la economía griega.

Es cierto, desde que la troika extendió su mano “amiga” a Grecia en 2010, el desempleo en el país ha aumentado de 12,5 a 27 por ciento. Con amigos como esos…

Más vale tarde que nunca. Pero el informe del FMI no admite totalmente la responsabilidad de la troika en el desastre griego y continúa defendiendo el empuje en general de la política de austeridad. Mientras tanto, las otras dos partes están aún menos arrepentidas.

Por lo tanto, a pesar de la profundidad y duración del limbo económico que comenzó en 2008, ni Estados Unidos ni Europa parecen estar listos para el tipo de cambio fundamental de rumbo necesario para una verdadera recuperación. Es más, a ambos lados del Atlántico, los decisores económicos clave están jurando mantener el rumbo o, en el caso del Partido Republicano aquí, empeorar la situación por medio de recortes draconianos a los gastos. Claramente, las élites económicas trasatlánticas tienen un umbral muy alto para el dolor de otras personas, es decir, el nuestro.

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