Por Dalia Céspedes

Amemos las actualidades,
porque nunca estaremos como estamos
César Vallejo

altSin olvidar la eficacia noticiosa de la  transmisión oral, esa que la modernidad bautizaría como “teléfono francés” o “radio bemba”, esta historia se impondrá a sí misma el límite de la noticia escrita, redactada de buena o mala manera, con buena o peor fe. Tampoco hablemos de relatos dibujados, pictografiados en tabletas babilónicas, códices aztecas o jeroglíficos egipcios, si bien ahí aparecen ya elementos periódicamente recogidos que refieren tradiciones, mitos y vaticinios: figuritas que hablan en silencio, y prefiguran a las que hoy en día, desde los más variados soportes tecnológicos, hablan a más no poder, sin decir nada.

Solo el nacimiento, simbólico claro está, del texto noticioso nos interese ahora, aunque la noticia deba ser inexacta. Podríamos comenzar diciendo que en época de césares, se preparaban las acta diurna populi romani, usualmente a cargo de preteridos inmigrantes griegos, quienes fijaban en ellas sucesos de citadina importancia ocurridos en el circo, el teatro o el seno de familias más o menos ilustres sacudidas por nacimientos, adulterios, decesos y otros eventos naturales.

El siglo XV veneciano –como ven entre una y otra noticia hay un vacío de siglos: es el Medioevo, poco dado a difundir conocimientos, y sí a acumularlos- fue testigo de la aparición de los avvisi, reportes tomados de mercaderes, peregrinos y soldados que, tras ser compilados en escuetos folios, se vendían a los príncipes de la guerra, la religión o el comercio deseosos de conocer lo que acontecía más allá de sus, entonces, exiguas fronteras.

Imagínense ahora a Luigi Berlusconi comprando el periódico para enterarse de lo que sucede. Los que hoy “son noticia” en los grandes titulares de portada, lo son también porque la producen y la venden a los interesados. En el mundo de los cavalieri de los mass media, la frase “hacer la noticia” tiene una sabrosa ambigüedad.

La feria de Frankfurt, semestral en el siglo XVI, no era el enclave literario que conocemos; fue, no obstante, la sede elegida por Michel von Aitzing para comercializar sus folletos noticiosos con el presupuesto teórico, y comercial de que “si a la gente no le interesa saber lo que va a ocurrir en su mundo, ¿por qué siempre se ha hablado de la curiosidad humana?”. Esta idea del emprendedor austríaco perseguiría desde sus inicios al periodismo, que no ha de limitarse a reflejar lo que ocurre sino también pretender el vaticinio, cuando no la profecía. Valga decir que, en la época de von Aitzings, no se  arriesgaban aún profecías meteorológicas, se publicaban los reportes del tiempo en dirección retrospectiva: no la lluvia que va a caer sino la que cayó ayer, antes de ayer y antes de antier.

Cumplir con las funciones de reflejar y predecir le granjeó al periodismo, desde muy pronto, la suspicacia de los poderosos, fueran papas o emperadores. Cuando en 1638 accedió finalmente Carlos I a permitir periódicos, lo hizo a condición de que las noticias fueran de otros países; menos benevolente fue el Duque de Sajonia-Weimar quien se negó a autorizar noticiarios afirmando rotundamente que no quería súbditos pensadores. ¿Y, quién los quiere?

Paradójicamente, la producción y trasiego de informaciones, al recrear un mundo de las pequeñas cosas cotidianas, puede contribuir a velar otras áreas de la realidad: ya en el XIX, el periodista Villessement se condolía de que

“Un perro que se ahoga en Paris despierta más interés que un mundo que se hunde a lo lejos”.

Viceversa: la pormenorizada contemplación de holocaustos que aún parecen remotos porque tienen lugar en Gaza o Ruanda, hace que olvidemos a un sinfín de criaturas que, a nuestro lado, perecen sofocadas en el día a día. Al anterior se añade otro dilema: ¿los sucesos generan el órgano o el órgano los sucesos? Semejante a la folklórica aporía del huevo y la gallina, la cuestión está latente, por solo citar un caso, en el uso y abuso de las estadísticas.

La estratagema de las “ciencias estadísticas” se muestra cuando pretenden analizar estados de opinión, previamente manipulados por los medios, como si estos fueran la realidad, para luego manipular la realidad utilizando estados de opinión; es normal que todo esto le parezca una jerigonza: de eso justamente se trata.

Se convence para vender, luego se vende para convencer. Una cadena que va de la guerra al champú para perros. Recuerdan al Ciudadano Kane, la magistral semblanza que hiciera Orson Welles del caudillo del San Francisco Examiner, William Randolph Hearst. Hearst, uno de los forjadores de la llamada guerra Hispano-cubano-norteamericana, tuvo un ancestro despótico, e ilustrado, en Federico II de Prusia quien, en sus Cartas de un testigo ocular no solo falsificaba datos sino también firmas para los artículos que redactaba, sin excluir al Papa; en una ocasión propagó la llegada de una tormenta de granizo para distraer la mirada de sus súbditos-lectores. En honor a este gacetillero monarca, Voltaire improvisó esta cuarteta:

                                                Este mortal profana los talentos diversos
                                                Comete los crímenes, canta las virtudes
                                                Bárbaro en acción, filósofo en verso
                                                Encanta a sus víctimas, las multitudes.

El propio Voltaire, curiosamente, era contrario a la prensa, la juzgaba vehículo efímero y desprovisto de profundidad. Si bien, de Swift a Ortega y Gasset, de Martí a Padura, el periodismo ha podido contar con los hombres de letras, los propiamente dichos, fue Balzac, acucioso reportero de la Comedia Humana, quien afirmó,

                “Si la prensa no existiera, habría que no inventarla”. Voilá…

Estas paradojas, sin embargo, contradicciones y enigmas, nos han acompañado la existencia, de Watergate a Wikileaks, y también han contribuido a conformarla, casi siempre, con una nota de urgencia; como esta que, con Insurgente. Org, llega de España para reportar la agresión sufrida en estos últimos tiempos por aquellos colegas empeñados en cubrir manifestaciones sociales, documentando además situaciones “de violencia policial”.

Es, si se quiere, lógico y hasta natural que las autoridades, en defensa del caos que ellas mismas generan, culpabilicen a quienes las observan y denuncian por “desórdenes y desacato”. En la Península, donde por cierto alcanzara categoría de dictum popular la frase “miente más que la Gaceta”, circuló allá por el 1735, un precario periódico madrileño, de corte satírico, llamado El Duende.  Allí se publicó esta con la cual homenajeamos al periodismo y despedimos esta columna,

                                               Yo soy de la corte
                                               un crítico duende
                                               que todos lo miran
                                               y nadie lo entiende.

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