Cruzando
fronteras…pero todavía cubanos”

Por
Silvia Wilhelm
                                 

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Me
han pedido que, al reflexionar sobre el cincuentenario de la
Revolución cubana, hable de los cubanos que viven en la diáspora.
No será tarea fácil, porque la Revolución cubana cambió para
siempre el curso de nuestras vidas.

A
diferencia de la mayoría de ustedes, quienes asisten a esta
conferencia y presentan ponencias en la misma, yo no provengo del
mundo académico, sino que soy una activista política y organizadora
comunitaria. Este último “título” me llena de orgullo, puesto
que nuestro Presidente Obama en verdad ha elevado la connotación
social de dicha función. Por lo tanto, no esperen de mí un discurso
académico, sino más bien una conversación franca y del corazón.
La mía es una charla que en verdad espero represente los
sentimientos y realidades de la vasta mayoría de los cubanos que
viven en el exterior. Los cubanos que nunca olvidaron que la Patria
es la de Martí, que es la Patria de todos.

Como
resido en la zona cero del exilio cubano, mejor conocido como Miami,
les voy a hablar en particular de nosotros, los cubanos que vivimos
en el sur de la Florida. ¿Quiénes somos nosotros, los cubanos que
cruzamos la frontera, que actualmente se nos identifica como
cubano-americanos, y que residimos principalmente en el sur de la
Florida? ¿Cuál es nuestra relación con nuestro país de origen?
¿Cuáles han sido los retos que hemos tenido que enfrentar, nuestros
éxitos y nuestras contradicciones? ¿Qué nos depara el futuro en
nuestra relación con Cuba?

Las
historias de los cubanos que han cruzado la frontera desde 1959 son
tan numerosas y variadas como la cantidad de cubanos que viven en el
exterior. Por lo tanto, empezaré contando mi historia.

En
el verano del 1960, después de haber apoyado con entusiasmo la
Revolución cubana, mi familia se empezó a preocupar por ciertos
cambios que estaban ocurriendo en Cuba. Específicamente, les
alarmaron rumores insistentes que sostenían que el Gobierno
Revolucionario les iba a quitar la patria potestad de sus hijos. Esto
resultó ser una información errónea, difundida deliberadamente por
organizaciones interesadas en desestabilizar el nuevo proceso que se
había iniciado en Cuba.

No
obstante, en enero del 1961 mi madre y mis abuelos me despidieron en
el aeropuerto José Martí de La Habana por lo que consideraban iba a
ser una separación que duraría entre nueve y doce meses.
Obviamente, interpretaron incorrectamente lo que estaba ocurriendo en
esos momentos dentro de Cuba. Yo partí para los Estados Unidos en
calidad de menor no acompañado en lo que eventualmente se

llamó la Operación Pedro Pan. Yo fui una de 14,000 niños cubanos
que eventualmente salieron de Cuba.

Después
de transcurrir un periodo en un orfanato en Buffalo, Nueva York y en
un internado católico para niñas en Olean, NY, finalmente volví a
reunirme con mi familia, diez meses más tarde, en Miami. Muchos de
los niños Pedro Pan no corrieron con la misma suerte. Hay algunas
historias de grandes dificultades en relación con dicha operación,
pero también hay historias de redención y supervivencia. Yo aprendí
a sobrevivir a pesar de todas las dificultades, y eso me ha ayudado
en mis 15 años de trabajo en las trincheras de Miami, donde he
luchado intentando cambiar la política estadounidense con respecto a
Cuba. Siempre honraré la decisión de mi familia al enviarme fuera
del país; pero, en mayo de 1994, tomé la difícil decisión de
volver a Cuba, una decisión que cambió mi vida para siempre, esta
vez en mis propios términos.

Con
el triunfo de la Revolución cubana en 1959, la mayoría de la
población cubana estaba encantada de que finalmente se hubiera
puesto fin a la dictadura de Batista. Pero poco tiempo después,
muchos cubanos se desilusionaron, en vista de la orientación
comunista que estaba adoptando su Revolución.

Desde
entonces, la emigración cubana a los Estados Unidos se ha producido
en varias “oleadas”. Para los fines de esta presentación, opté
por enumerarlas de la manera siguiente:

La
primera
oleada

que llegó a los Estados Unidos estaba formada por personas que
habían estado asociadas estrechamente con el régimen de Batista,
altos funcionarios gubernamentales, dirigentes políticos, oficiales
de las fuerzas armadas. Temían represalias por parte del nuevo
gobierno revolucionario, en muchos casos ser ejecutados frente al
paredón.

La
oleada
siguiente,

que arribó poco tiempo después de la oleada de los batistianos, a
comienzos de la década del 60 y en la del 70, consistía
principalmente en un grupo selecto de profesionales desilusionados
por las nuevas medidas adoptadas por el gobierno Revolucionario de
Cuba. Algunos tenían parientes que habían estado en la cárcel; los
negocios de otros habían sido confiscados, mientras que otros
emigraron pensando que Estados Unidos resolvería una vez más el
problema cubano. Consideraban que este “exilio” sería temporal.
No vinieron a los Estados Unidos en busca de la tierra prometida,
sino que salieron de Cuba en el medio de la guerra fría, huyendo del
comunismo en su país natal. En total, cerca de 458,000 cubanos
salieron de Cuba antes de 1980. A estos dos grupos se los denomina
generalmente el “exilio histórico”.

En
general, no dejaban a ningún pariente en la Isla; no viajan a Cuba
ni envían remesas a la Isla. Siguen ejerciendo un control
considerable sobre la prensa, la televisión y la radio de Miami en
cuanto a cualquier noticia que tenga que ver con Cuba. Sueñan con el
día en que Cuba sea “libre” y ellos puedan volver al poder en la
Cuba que antaño conocían.

Muchos
de ellos se han convertido en verdaderos éxitos en Estados Unidos, y
ocupan posiciones de liderazgo en instituciones clave del sur de la
Florida, sindicatos, universidades, política, medios informativos y
organizaciones culturales.

La
oleada
siguiente

de inmigrantes cubanos consiste de aquellos que salieron durante el
éxodo del Mariel, que sumaron unos 125,000, y al éxodo de los
balseros en 1994, que trajo a otros 40,000 inmigrantes a la península
de la Florida, además de aquellos cubanos que llegan como resultado
de acuerdos migratorios.

A
diferencia de los cubanos del llamado “exilio histórico”, estos
inmigrantes vivieron parte de sus años formativos en Cuba, bajo el
sistema político actual; la mayoría de ellos dejaron a familiares
en la Isla, mantienen un lazo sólido con la Cuba actual y
representan la vasta mayoría de los cubanos que viajan a la Isla
para visitar a sus parientes. En general, se oponen a la política
estadounidense con respecto a Cuba y desean que se llegue a una
solución pacífica del dilema cubano. En gran parte, estos
cubano-americanos emigraron a los Estados Unidos por motivos
económicos, particularmente aquellos que emigraron después de la
caída de la Unión Soviética, durante el difícil Periodo Especial
de Cuba. Los datos del censo nos indican que, desde 1980 hasta el
presente, llegaron a la Florida unos 430,000 cubanos.

El
grupo
siguiente
está
formado por la nueva generación de cubano-americanos, nacidos en los
Estados Unidos de padres cubanos. Son jóvenes, enérgicos y
ambiciosos y están asimilados a la cultura estadounidense. No
obstante, una gran mayoría de ellos no olvida sus raíces cubanas;
de hecho, les encanta identificarse a sí mismos como
cubanoamericanos. Con frecuencia, su posición política con respecto
a Cuba refleja la de sus padres y abuelos. Sin embargo, están
madurando; el problema les interesa y exigen que se les escuche en
sus propios términos.

Como
pueden ver, el panorama de la comunidad cubanoamericana del sur de la
Florida es variado, pues combina a aquellos considerados el exilio
histórico, con los inmigrantes más recientes y las generaciones más
jóvenes. La comunidad no fue nunca monolítica; se renueva
constantemente y está cambiando en forma dramática, yo diría que
está moderando su posición en relación con la realidad actual de
Cuba.

La
primera generación de inmigrantes, la “
generación
del exilio
”,
aquellos que llegaron en la primera oleada y que tenían para
entonces edad suficiente como para tomar la decisión de partir, se
identifican muy claramente con su tierra natal, la de antes del 1959.
Son, en primer lugar, cubanos y su idioma principal sigue siendo el
español.

La
generación siguiente, llamada en ocasiones la
“generación
uno y medio”,
que
es mi generación, somos inmigrantes nacidos en Cuba pero que
llegamos a la mayoría de edad en los Estados Unidos, nos
consideramos tanto cubanos como americanos, nos encontramos
igualmente cómodos en ambas culturas e idiomas y nos manejamos con
facilidad entre unos y otros.

Los
que se llaman la
segunda
generación
,
la primera generación nacida en los Estados Unidos, se sienten
conectados con las raíces cubanas gracias a las enseñanzas de sus
padres y abuelos, pero los lazos no son tan intensos ni con la
política del problema ni con Cuba.

En
general, se detecta un sentimiento de orgullo, la sensación de haber
sido destinados “tal vez por la gracia de Dios” a ser cubanos, a
través de todas las generaciones, de todos los grupos de cubanos que
cruzaron la frontera y residen en el sur de la Florida.

En
1978, se permitió que el primer grupo de cubanos residentes en el
exterior regresara a la Isla y celebrara conversaciones con
dirigentes cubanos sobre asuntos relacionados con la función, los
derechos y las responsabilidades de los cubanos que ya no residían
en la Isla. Sin duda alguna esa reunión, celebrada hace 30 años,
preparó el terreno para los cambios que están ocurriendo
actualmente en nuestras comunidades. Este panel no tendría lugar si
no se hubiese celebrado aquella reunión.

He
presenciado cambios enormes de actitud en mi comunidad frente a las
realidades de la Cuba actual. En las décadas del ‘70, el ‘80 y a
principios de la década del ‘90, aquellos que proponían un cambio
en la política estadounidense con respecto a Cuba corrían grandes
riesgos tanto en lo personal como en lo profesional. Hubo numerosos
casos de bombas que estallaban en lugares de trabajo y hogares, de
amenazas físicas y verbales, de aislamiento social y profesional. La
industria anticastrista en Miami era poderosa y lucrativa a la vez,
pero ahora, afortunadamente, está industria está declinando
rápidamente.

En
mi opinión, la tendencia hacia la “moderación” que estamos
presenciando en el sur de la Florida se debe a dos factores
importantes: 1) el gran número de inmigrantes recientes provenientes
de Cuba, que entienden la Cuba actual, que dejaron en la Isla a
familiares con los cuales se relacionan y desean mantener lazos
estrechos; 2) la emergencia de una nueva generación de
cubanoamericanos o americanos descendientes de cubanos, que están
cansados de la política de guerra y aislamiento y tienden hacia
posiciones claramente a favor de la comunicación y la
reconciliación.

El
New
York Times

describió, en un artículo publicado el 21 de abril, la reciente
elección de Barack Obama como Presidente de los Estados Unidos y su
decisión ejecutiva de permitir a los cubanoamericanos viajar a la
Isla sin limitaciones, como el “fin de un impasse que ha perdurado
durante 50 años y los atisbos de un nuevo amanecer en las relaciones
entre Estados Unidos y Cuba”. Si bien aplaudo con entusiasmo la
decisión del Presidente Obama en el sentido de eliminar tales
reglamentos tan crueles y draconianos, creo que es hora de que
también use el poder ejecutivo para volver a instituir las
categorías de viajes de intercambios de pueblo a pueblo que fueron
tan frecuentes durante el gobierno de Clinton.

Una
encuesta reciente llevada a cabo entre cubanoamericanos por Bendixen
and Associates y publicada el 20 de abril de 2009, poco después del
anuncio de la nueva norma establecida por Obama, indica no solo una
actitud positiva hacia dicha decisión, con un 64% a favor de su
nueva norma sobre viajes y envíos de dinero, sino que arroja también
un porcentaje aún mayor, el 67%, de opinión favorable con respecto
al nuevo presidente demócrata, lo cual representa la tasa más alta
de aprobación de un presidente entre los cubanoamericanos desde los
tiempos del gobierno de Ronald Reagan. Un 67% de los 400 encuestados
se expresaron también a favor de permitir que todos los
estadounidenses puedan viajar a Cuba.

Mi
actitud hacia la posibilidad de que el Congreso estadounidense
promulgue, en el 2009, legislación que permita viajar a la Isla a
todos los americanos, es prudentemente optimista.

Al
conmemorar hoy aquí el cincuentenario de la Revolución cubana, me
gustaría imaginar lo que depara el futuro a los cubanos que se
fueron y a los que se quedaron en la Isla. Imagino un futuro en el
cual la libertad de movimiento será posible en ambas direcciones; en
el cual los cubanos que viven en el exterior podrán optar por
transcurrir largos periodos de tiempo en su “tierra natal” y
algunos hasta decidirán jubilarse allí. Imagino un futuro en el
cual ambos lados aplaudirán con orgullo los logros mutuos; en el
cual la confianza entre nosotros se convertirá en el denominador
común; y en el cual la cooperación en proyectos culturales,
profesionales y comerciales se convertirá en la norma y ya no sea la
excepción.

Al
reflexionar sobre el cincuentenario de la Revolución cubana, los
cubanos dentro y fuera de la Isla debemos enorgullecernos de los
gloriosos logros de ambos; pero es necesario que reflexionemos
también sobre algunos de los errores e injusticias que son parte de
nuestro pasado. Debemos intentar borrar las líneas que nos separan y
dibujar círculos que nos unan. Debemos aprender a celebrar como un
solo núcleo. La senda hacia la reconciliación, que comenzó hace
mucho tiempo, se está acelerando. Redoblemos nuestros esfuerzos.

El
Presidente Obama lo expresó de la mejor manera el 11 de abril de
2009, en su charla semanal para el pueblo estadounidense. Es un
mensaje que indudablemente encontrará eco entre nosotros los
cubanos:

Con
todo lo que está en juego hoy en día, no podemos permitirnos
prestar oídos sordos a los demás. No podemos darnos el lujo de
permitir que viejas diferencias entre nosotros nos impidan progresar
en áreas de interés común. No podemos permitir que los muros de la
desconfianza sigan en pie.

Por
el contrario, es necesario que sepamos detectar los intereses que nos
unen, y construir sobre esos cimientos. Porque solo cuando la gente
se reúne y busca puntos de coincidencia podrá empezar a
desvanecerse la desconfianza. Y allí es donde comienza el progreso’.

Quisiera
finalizar mi ponencia con unas palabras en español; son las palabras
del poeta Emilio Cossio. Creo que reflejan con elocuencia los
sentimientos que abrigan hacia su tierra natal casi todos los cubanos
que hemos cruzado fronteras.

VOLVER

Por
Emilio Cossio

¿Volver?

¿Cómo
puedo volver si no me he ido

Si
llevo en mi alma sembrado mi pasado

Si
no he cesado de sufrir lo que he sufrido

Ni
dejado de amar lo que yo he amado?

Solo
pueden volver los que han dejado

Perdidos
en el polvo del olvido

Los
sueños en la Patria aprisionados

Por
el sueño en suelo extraño prometido

Solo
pueden volver los que se han ido

Y
en suelo extraño han enterrado

Sus
recuerdos, sus anhelos y el pasado

¡YO
NO PUEDO VOLVER!! ¡YO NO ME HE IDO!

Silvia
Wilhelm es directora ejecutiva de la Comisión Cubanoamericana pro
Derechos Familiares.
Hizo
esta presentación en la conferencia en Kingston, Canadá,
conmemorando el 50 aniversario de la Revolución cubana.




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