Israel vuelve irracionales a algunos judíos norteamericanos

Por Saul Landau

Al igual que otros amigos judíos progresistas, una profesora de psicología retirada justificó la invasión de Gaza y luego de Líbano. “Israel está luchando por alcanzar sus legítimas necesidades de seguridad”, declaró ella –un hecho sencillo. Desafortunadamente esto  incluye ataques contra civiles en Líbano e incluso privar a los palestinos en Gaza de alimentos y agua.  “Tuvieron que hacerlo.  ¿Cómo se combate a fanáticos?”, dijo ella con tristeza, pero firmemente.

Ella utilizó el término “fanáticos” como palabra clave para los miembros de Hamas y Hezbolá. “Debieran matar (al Jeque Hassan Nasrallah, líder de Hezbolá) para que Israel pueda disfrutar de un poco de paz.  Fíjate cuántas buenas personas judías han muerto”, dijo ella refiriéndose a los civiles y soldados israelíes –algunos de ellos árabes israelíes– que perecieron durante la guerra contra Líbano.

En las décadas de los 60 y los 70, esta mujer participó en manifestaciones a favor de los derechos civiles y protestó en contra de la guerra de Viet Nam.  Aún cree que Cuba es un lugar progresista y se opuso a la guerra de Bush en Irak.  Pero en lo que concierne a Israel, ella aplica un criterio diferente.  “¿Por qué deben sufrir los israelíes por culpa de extremistas como Hezbolá y Hamas?”

¿Y el sufrimiento que Israel impuso a los palestinos?, pregunté.  Cada mes,  debido a la violencia israelí, mueren tantos residentes de Gaza como el número de israelíes que ha muerto en dos décadas a manos de las fuerzas opositoras.

“Es una lástima que tengan que sufrir.  Negaron repetidas veces las buenas oportunidades.  Fíjense cómo rechazaron la paz en Camp David”, en referencia a la “generosa” oferta de Ehud Barak en julio de 2000.

En varias versiones de los hechos en aquella cumbre, presidida por Bill Clinton, todos concuerdan en que los negociadores israelíes y norteamericanos ofrecieron a Arafat un estado palestino basado en que Israel devolvería más del 90% de las tierras de la Margen Occidental junto con Gaza y un corredor entre los dos.  Israel se retiraría de 63 asentamientos.  El acuerdo supuestamente abogaba porque el Jerusalén Oriental árabe se convirtiera en la nueva capital.  Los refugiados tendrían derecho a regresar a Palestina, y recibirían compensación de un gran fondo internacional.  Arafat aceptaría la soberanía israelí sobre las partes religiosamente importantes del Muro Occidental.

Arafat rechazó la oferta, pero no hizo una contrapropuesta.  Clinton presionó y dijo que el silencio de Arafat indicaba que “ustedes los palestinos no vinieron a esta cumbre con intenciones sinceras”.  Rob Malley, asesor de Clinton que estuvo presente en la reunión, aseguró que “Barak estaba ansioso por llegar a un acuerdo, quería que se alcanzara durante el mandato de Clinton, y se había rodeado de algunos de los políticos israelíes más favorables a la paz”.  Clinton culpó a Arafat del fracaso de la cumbre.

Un plan subsiguiente de Clinton, no escrito, con el cual estaba de acuerdo Barak, se desmoronó poco antes de que Clinton terminara su mandato en enero de 2001, cuando Arafat objetó el control israelí de partes del Muro Occidental.  Poco después Sharon reemplazó a Barak como Primer Ministro.  Arafat aceptó la violencia como estrategia palestina, por lo que las negociaciones se congelaron.  Tres días después de que Clinton abandonara la presidencia, Arafat supuestamente dijo: “Usted es un gran hombre”.  “De ninguna manera”, dijo Clinton que él respondió.  “Soy un fracaso colosal, gracias a usted.” (Ma’ariv, 6 de abril de 2001.)

Los fracasos de Arafat como líder no explican por qué los israelíes creen que la violencia prevalecerá después de décadas de fracaso de obtener la paz y la seguridad por medio de esa táctica.  ¿Por qué iban a cambiar de opinión los palestinos de Hamas y los libaneses de Hezbolá por los bombardeos de Israel?  Después de todo, desde 1948 los israelíes han expulsado a los palestinos de sus hogares y han destruido sus aldeas.  Ahora, sus airados hijos y nietos, cuyo número se ha multiplicado, se enfrentan a Israel.

“Israel”, aseguró mi amiga profesora, “es una democracia.  Eso lo separa de esos otros regímenes”.  Ella, al igual que los sionistas progresistas en Israel y Estados Unidos, creen que Israel debe sobrevivir como un “estado judío” y una democracia.

El sionismo como ideología colocó a los judíos nuevamente en la corriente dominante de la historia mundial.  Irónicamente, muchos de los líderes  del movimiento para crear un moderno estado judío eran también ateos, quienes al principio no creían que los judíos ortodoxos, de quienes se burlaban socialmente, debían desempeñar un papel importante en la determinación de los límites territoriales del estado judío.  Algunos fundadores israelíes, socialistas y humanistas, creían que judíos y palestinos podían vivir juntos en un estado judío.  Pero si se aplica la regla de una persona-un voto, el futuro del estado judío se enfrentará al hecho de que los árabes son más que los judíos.

Israel ha respondido a la creciente tasa de natalidad de los árabes atrayendo a judíos –incluyendo a muchos rusos, cuya condición de judíos parecía un tanto dudosa.  Trataron de “asentarlos” en los territorios ocupados.  Algunos rabinos ortodoxos sancionaron el reclutamiento y conversión de descendientes de los incas peruanos que fueron transportados a la Margen Occidental y reclutados en la Fuerza de Defensa Israelí.  Parte de este “asentamiento” fue posterior a los Acuerdos de Oslo de mediados de los años 90, los cuales, al menos en espíritu, estaban en contra de tal invasión de tierra palestina.

Este proceso de expansión provocó un incremento del papel de los militares –para proteger los nuevos enclaves.  Más palestinos fueron desplazados y se abrieron más espacios en el cada vez menor territorio palestino no contiguo.  Sectas militantes y de ultra derecha, frustradas por la incapacidad de Israel para expulsar a los palestinos restantes, se volvieron violentas.

En 2004, un grupo de seguidores del difunto rabino Meyer Kaen, vinculados a la Liga Judía de Defensa en Estados Unidos, asaltaron a árabes que trataron de recolectar su cosecha de aceitunas.  Cuando John Ross y otros fueron de voluntarios para ser testigos pacíficos y tratar de impedir los ataques, una pandilla de maleantes que llevaba el casquete judío lo golpeó de tal manera que pasó una semana en el hospital.  Ross protestó de que le “pegaran a un viejo judío”.  Lo llamaron “traidor” mientras lo golpeaban con bates de béisbol.

En 1984, el equivalente “académico” de ese pandillerismo emergió en el libro de Joan Peters Desde tiempos inmemoriales: los orígenes del conflicto árabe-judío en Palestina.  Los palestinos nunca existieron, aseguraba ella.  Los que se autodenominan así son inmigrantes recientes, argumentó.  El libro se convirtió en éxito de ventas y recibió excelentes críticas de The New York Times y The Washington Post, así como de famosos autores como Saul Bellow, Barbara Tuchman y Elie Wiesel.

Noam Chomsky llegó a la conclusión de que el libro de Peters justificaba que Israel eliminara a los palestinos del área porque no provocaría una “protesta moral, debido a que solo son inmigrantes recientes que llegaron porque los judíos habían construido el país.” (Comprendiendo el Poder, 2002.)

Norman Finkelstein, por entonces un estudiante de postgrado en Princeton, leyó el libro, verificó las fuentes de Peters y luego la acusó de perpetrar un fraude.  En Imagen y realidad del conflicto Israel-Palestina (1995), Finkelstein usó las propias fuentes de Peters para demostrar cómo ella había inventado evidencia y distorsionado la existente.

En Inglaterra, Paul Blair (20 de abril de 2002) también refutó las tesis de Peters “de que la tierra estaba vacía cuando llegaron los judíos y que los palestinos eran recién llegados.”

(http://www.capmag.com/article.asp?ID=2135.)

Blair calificó a Desde tiempos inmemoriales de “trabajo de propaganda, con todas las malas connotaciones que implica el término… distorsión  e invención… Ella copia acríticamente trabajos partidarios.  Ella oculta cálculos cruciales y saca conclusiones duras de evidencia tenue.  Ella especula locamente y sin base.  Ella exagera cifras y selecciona los números que convienen a su tesis.  Ella aduce evidencia que de ninguna manera apoya sus aseveraciones, a veces omitiendo partes ‘inconvenientes’ de la cita…  Ella ‘olvida’ cifras indeseables en sus cálculos.  Ella ignora las fuentes que arrojan dudas sobre sus conclusiones, incluso cuando ella usa esas fuentes con otras intenciones”.

La mayoría de los académicos aceptan actualmente las tesis de Peters acerca de los palestinos inexistentes son falacias.  Pero el temor que muchos judíos norteamericanos liberales comparten por el futuro de Israel se expresa condonando el comportamiento que ellos han rechazado de parte de su propio país.  Mi amiga profesora, por ejemplo, consideró que Israel estaba justificado en secuestrar el 19 de agosto al elegido vice primer ministro Nasser Al Shaer, miembro de Hamas, en su hogar de la Margen Occidental. “¿De qué otra manera se puede luchar contra los terroristas?”, replicó ella.

Héroes israelíes como Itzhak Shamir y Menachem Begin se ganaron en otro tiempo el calificativo de terrorista.  En 1947 ellos enviaron cartas bombas a funcionarios británicos.  La etiqueta también se aplica a uno de los héroes de mi amiga, Nelson Mandela.  Vi cómo ella se retorcía cuando le recordé que en 1976 jefes de estado israelíes como Moshe Dayan, Menachem Begin y Yitzhak Rabin fueron anfitriones del Primer Ministro de la Sudáfrica del apartheid John Vorster durante su visita a Jerusalén.

“Supongo”, dijo ella, “que la supervivencia puede obligar a la gente a asociarse con el Diablo”.

El 19 de agosto la supervivencia exigió un ataque a Líbano, violando la tregua garantizada por la ONU que terminó con la guerra de cinco semanas.  “El secretario general”, decía la noticia en la prensa, “está muy preocupado por la violación por parte de Israel del cese de hostilidades como se planteó en la resolución 1701 del Consejo de Seguridad”.  El 21 de agosto, nuevamente los israelíes cruzaron la frontera para matar a supuestos “terroristas” de Hezbolá.  Un soldado israelí murió.  El 23 de agosto, Amnistía Internacional acusó a Israel de cometer crímenes de guerra contra civiles.

Cuando los judíos mueren en conflictos teñidos de anti-semitismo, comparto la preocupación de mis correligionarios progresistas.  Pero el número de muertos y heridos libaneses y palestinos sobrepasan con muchos los de Israel.  ¿Creen realmente los progresistas que los bombardeos continuados van a convertir a los palestinos y libaneses en vecinos obedientes, libres de indignación y odio hacia los que se apoderaron de su tierra?

El Nuevo libro de Landau, Bush y el mundo de Botox, puede solicitarse por medio de Counterpunch.

 

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